2: ¿Está el cielo más allá de nuestra imaginación?

Hablar de “imaginarse el cielo” no quiere decir o implica que el cielo
es una noción ficticia, construida por dejar de lado en forma deliberada
las duras realidades del mundo diario. Es afirmar el papel crítico de la
capacidad humana dada por Dios de construir y entrar a las figuras mentales
de la realidad divina, que son comunicadas a través de las Escrituras y la
subsiguiente tradición de reflexión y desarrollo. Podemos habitar las imágenes
mentales que creamos y por lo tanto anticipar el deleite de entrar finalmente
a la realidad mayor a la cual corresponden.
—Alister McGrath

Cuando Marco Polo regresó a Italia de la corte de Kublai Kan, describió un mundo que su audiencia nunca había visto, un mundo que no podía ser entendido sin los ojos de la imaginación. No era que la China fuera un reino imaginario, sino que era muy diferente de Italia. Sin embargo, como dos lugares en el planeta Tierra habitados por seres humanos, tenían mucho en común. Los puntos de referencia de Italia proporcionaron las bases para entender a la China, y las diferencias podían ser explicadas a partir de estos.[1]Alister E. McGrath, A Brief History of Heaven [Una breve historia del Cielo] (Malden, Mass.: Blackwell, 2003), 5.

Los escritores de las Escrituras presentan al Cielo de muchas maneras, incluso como un jardín, una ciudad y un reino. Debido a que los jardines, las ciudades y los reinos nos son familiares, nos proporcionan un puente para enten- der al Cielo. Sin embargo, mucha gente comete el error de asumir que esas son simples analogías sin una correspondencia actual a la realidad del Cielo (lo que las haría analogías deficientes). Las analogías pueden ser llevadas demasiado lejos, pero debido a que las Escrituras dejan claro que Jesús está preparando un lugar para nosotros, y el reino de Dios va a venir a la Tierra, y que nos espera una resurrección física, no hay razón para espiritualizar o alegorizar todas las descripciones terrestres del Cielo. Por cierto, algunas de ellas tal vez sean declaraciones simples, objetivas. Con demasiada frecuencia se nos ha enseñado que el Cielo es un reino que no es físico, que no puede tener jardines, ciudades, reinos, edificios, banquetes o cuerpos reales, así que no tomamos con seriedad lo que las Escrituras nos dicen acerca del Cielo como un lugar familiar, físico y tangible.

Como seres humanos, a quienes Dios hizo para que fuéramos tanto físicos como espirituales, no hemos sido diseñados para vivir en un reino no físico; por cierto, no somos capaces siquiera de imaginar un lugar así (o más bien diríamos que es un lugar que no es). Un lugar incorpóreo es algo que no solo no es familiar para nuestra experiencia, sino que también es incompatible con nuestra constitución dada por Dios. No somos, como lo supuso Platón, simples seres espirituales revestidos de cuerpos. Adán no se convirtió en un “ser viviente” —la palabra hebrea nephesh— hasta que fue ambos cuerpo y espíritu (Génesis 2:7). Somos seres físicos tanto como somos seres espirituales. Es por eso que nuestra resurrección física es esencial para investirnos con humanidad justa y eterna, dejándonos libres del pecado, la maldición y la muerte para siempre.

La importancia de usar nuestra imaginación

No podemos anticipar o desear lo que no nos podemos imaginar. Yo creo que es por eso que Dios nos ha dado vistazos del Cielo en la Biblia —para encender nuestra imaginación y avivar un deseo por el Cielo en nuestro corazón. Y es por eso que Satanás siempre desalienta nuestra imaginación, o la descamina a nociones etéreas que violan las Escrituras. Mientras que el universo resucitado permanezca ya sea indeseable o inimaginable, Satanás tiene éxito en sabotear nuestro amor por el Cielo.

Después de leer mis novelas que pintan un retrato del Cielo, a menudo la gente me dice: “Esas figuras del Cielo son emocionantes pero, ¿se basan en las Escrituras?” La respuesta, según entiendo yo, es sí. La Biblia nos provee una cantidad importante de información, directa e indirecta, acerca del mundo que ha de venir, con suficiente detalle para ayudarnos a imaginarlo, pero no tanto como para hacernos pensar que podemos captarlo completamente con nuestras mentes. Yo creo que Dios espera que usemos nuestra imaginación, aun cuando reconocemos sus limitaciones y defectos. Si Dios no hubiera querido que nos imagináramos cómo sería el Cielo, no nos hubiera dicho tanto sobre él como lo ha hecho.

Más que pasar por alto nuestra imaginación, yo creo que la deberíamos alimentar con las Escrituras, permitiéndole que pase a través de las puertas que abren las Escrituras. Yo no llegué a la Biblia con la misma perspectiva del Cielo que tengo ahora. Al contrario, como creyente nuevo, y también cuando era un pastor joven, yo veía al Cielo de la misma forma estereotipada que ahora rechazo. Fue solo después de años de estudio, meditación e investigación sobre el tema que llegué a la perspectiva del Cielo que ahora apoyo.

Casi todos los conceptos del Cielo que presento en este libro han sido estimulados y reforzados por textos bíblicos. Aunque algunas de mis interpretaciones y especulaciones sin duda son incorrectas, no carecen de base. Ya sea correcta o incorrectamente, yo las he sacado de mi comprensión sobre las enseñanzas explícitas e implícitas de las Escrituras. Las discusiones sobre el Cielo tienden a ser demasiado imaginativas o completamente carentes de imaginación. Los creyentes bíblicos se han inclinado hacia este último enfoque y, sin embargo, ambos enfoques son inadecuados y peligrosos. Lo que necesitamos es una imaginación inspirada bíblicamente.

Deberíamos pedir la ayuda de Dios para quitar las anteojeras de nuestras ideas preconcebidas acerca del Cielo para que podamos entender las Escrituras. El apóstol Pablo dijo: “Reflexiona en lo que te digo, y el Señor te dará una mayor comprensión en todo esto” (2 Timoteo 2:7). Lo aliento para que ore: “Ábreme los ojos, para que contemple las maravillas de tu ley” (Salmo 119:18).

Tengo una colección de más de 150 libros sobre el Cielo, muchos de ellos muy antiguos y que ya no se publican, y los he leído casi todos. Una cosa que he encontrado es que los libros sobre el Cielo se caracterizan por decir que no podemos saber cómo es el Cielo, pero que va a ser más maravilloso de lo que nos podemos imaginar. Sin embargo, en el momento en que decimos que no nos podemos imaginar el Cielo, arrojamos agua fría en lo que Dios nos ha revelado acerca de nuestro hogar eterno. Si no lo podemos imaginar, no podemos anhelarlo. Si el Cielo es inimaginable, ¿por qué siquiera tratar?

Todas las cosas que nos producen placer en cuanto a la vida en la Tierra las hemos experimentado a través de nuestros sentidos. Así que, cuando el Cielo se presenta como más allá del alcance de nuestros sentidos, no nos invita; en cambio, nos aleja y hasta nos asusta. Nuestros intentos mal dirigidos de hacer que el Cielo “suene espiritual” (es decir, no físico) solo tienen éxito para hacer que el Cielo suene poco atractivo.

Imaginémonos el cielo

Cuando pienso cómo será mi primera visión del Cielo, recuerdo la primera vez que fui a bucear con tubo de respiración. Vi muchísimos peces de todos los tamaños, colores y formas. Y justo cuando pensé que había visto el pez más hermoso, venía otro que era aún más bello. Grabado en mi imaginación hay un sonido peculiar —el sonido de un resuello que subió por mi tubo de goma mientras mis ojos se abrían a ese asombroso mundo submarino.

Me imagino que nuestro primer vistazo del Cielo, en forma similar, va a causar que suspiremos con asombro y deleite. El primer resuello probablemente será seguido por muchos otros mientras en forma continua vemos nuevas vistas de ese maravillo lugar infinito. Y eso será solo el comienzo, porque no veremos nuestro hogar eterno real —la Nueva Tierra— sino hasta después de la resurrección de los muertos. Y va a ser mucho mejor que cualquier cosa que hayamos visto.

Así que mire por la ventana. O cierre los ojos e imagínese el lugar más hermoso que ha visto —adornado con palmeras, ríos torrentosos, montañas escarpadas, cataratas o ventisqueros. Salga a caminar. Hable con un amigo. Use las habilidades que le ha dado Dios para pintar, dibujar, construir un cobertizo o escribir un libro. Pero imagíneselo —en su totalidad— en su condición original. El perro feliz que mueve la cola. Las flores que no se marchitan, el césped que no muere, el cielo azul sin contaminación. La gente sonriente y feliz, y no enojada y deprimida. Piense en los amigos o en los miembros de su familia que amaron a Jesús y que están ahora con Él. Imagíneselos con usted, caminando juntos en ese lugar. Todos ustedes tienen cuerpos poderosos, más fuertes que los de un atleta que compite en un decatlón olímpico. Usted está riendo, disfrutando, hablando y recordando. Usted levanta su brazo y recoge una manzana o una naranja de un árbol. Le da un mordisco y es tan dulce que se sorprende. Nunca había probado algo tan delicioso. Entonces ve que alguien se le acerca. Es Jesús, con una amplia sonrisa en el rostro. Usted cae de rodillas en adoración. Él lo hace levantar y le da un abrazo.

Al fin está usted con la persona para la cual fue hecho, en el lugar para el cual fue hecho. En todos los lugares a los que vaya habrá personas nuevas y lugares para que los disfrute, cosas nuevas que descubrir. ¿Qué es lo que produce ese olor? Un banquete. Un poco más adelante hay una fiesta. Y ha sido invitado a ella. Hay cosas que explorar y trabajo que hacer y usted no puede esperar para comenzar.

Yo tengo bases bíblicas para todas estas declaraciones y muchas más. Después de examinar lo que dicen las Escrituras, espero que la próxima vez que escuche decir a alguien: “No podemos siquiera imaginar cómo será el Cielo”, usted le podrá responder: “Yo sí”.

Pero antes de seguir tenemos que tratar algunas objeciones frecuentes.

Si “ningún ojo ha visto”, ¿cómo podemos saber?

Un pastor que me visitó en mi oficina me preguntó qué era lo que estaba escribiendo. “Un libro grande sobre el Cielo”, le dije.

“Bueno”, me respondió él, “puesto que la Biblia dice: ‘Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman’, ¿sobre qué va a hablar? Es obvio que no podemos saber lo que Dios ha preparado para nosotros en el Cielo”. (Él se estaba refiriendo a 1 Corintios 2:9.)

Le dije: “Pero usted no completó la frase, también tiene que leer el versículo diez”. He aquí lo que dice la frase completa: “Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman.” Ahora bien, Dios nos ha revelado esto por medio de su Espíritu” (énfasis añadido). El contexto deja claro que esta revelación es la Palabra de Dios (versículo 13), la cual nos dice lo que Dios ha preparado para nosotros. Después de haber leído varias docenas de libros sobre el Cielo, yo me estremezco instintivamente cada vez que veo 1 Corintios 2:9. Es un versículo maravilloso; pero casi siempre es usado incorrectamente. ¡Dice exactamente lo opuesto a lo que se cita para probar!

Lo que de otra forma no sabríamos acerca del Cielo, porque somos incapa- ces de verlo, Dios nos dice que nos lo ha revelado por medio de su Espíritu. Esto quiere decir que Dios nos ha explicado cómo es el Cielo. No en forma exhaustiva sino en forma precisa. Dios nos habla del Cielo en su Palabra, no para que nos encojamos de hombros y permanezcamos ignorantes, sino porque quiere que entendamos y anticipemos con ansias lo que nos espera.

Otros versículos bíblicos también se sacan de contexto para descarrilar las discusiones sobre el Cielo. Por ejemplo: “Lo secreto le pertenece al Señor nuestro Dios” (Deuteronomio 29:29). Se mira al Cielo como una “cosa secreta”. Pero el resto del versículo —de nuevo raramente citado— completa el pensamiento. “Pero lo revelado nos pertenece a nosotros y a nuestros hijos para siempre”.

Deberíamos aceptar que muchas cosas en cuanto al Cielo son secretas y que Dios tiene preparadas innumerables sorpresas para nosotros. Pero en cuanto a las cosas que Dios nos ha revelado acerca del Cielo, esas cosas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos. Es de importancia vital que las estudiemos y las entendamos. ¡Eso es precisamente por qué Dios nos las ha revelado!

Concentremos nuestro corazón y nuestra mente en el cielo

“Busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios” (Colosenses 3:1). Este es un mandamiento directo para que pongamos nuestro corazón en el Cielo. Y para estar seguros de que no se nos escapa la importancia de una vida centrada en el Cielo, el siguiente versículo dice: “Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra”. Dios nos ordena que concentremos nuestro corazón y nuestra mente en el Cielo.

Anhelar a Cristo es anhelar el Cielo, porque allí es donde estaremos con Él. Los hijos de Dios “anhelaban una patria mejor” (Hebreos 11:16). No podemos poner nuestros ojos en Cristo sin poner nuestros ojos en el Cielo, y no podemos poner nuestros ojos en el Cielo sin poner nuestros ojos en Cristo. Pero no es solo en Cristo, sino también en “las cosas de arriba” en donde debemos concentrar nuestra mente.

La palabra griega que se tradujo “concentren su atención” es zeteo, que “señala la búsqueda filosófica general del hombre o indagación”.[2]Gerhard Kittel y Gerhard Friedrich, eds., Geoffrey W. Bromiley, trad. y ed., Theological Dictionary of the New Testament [Diccionario teológico del Nuevo Testamento] (Grand Rapids: Eerdmans, … Continue reading La misma palabra se usa en los Evangelios para describir la forma en que “el Hijo del Hombre vino a buscar . . . lo que se había perdido” (Lucas 19:10, énfasis añadido). También se usa para la forma en que un pastor busca a su oveja perdida (Mateo 18:12), una mujer busca una moneda perdida (Lucas 15:8), y un mercader busca una perla fina (Mateo 13:45). Es una investigación diligente, activa y tenaz. Así que podemos entender la amonestación de Pablo en Colosenses 3:1 de esta forma: “En forma diligente, activa y tenaz busquen las cosas de arriba” —en una sola palabra, el Cielo.

El verbo zeteo se encuentra en el tiempo presente, lo que sugiere un proceso continuo. “Continúen buscando el Cielo”. El mandato y la forma en que lo expone nuevamente implican que nada es automático en cuanto a colocar nuestras mentes en el Cielo. De hecho, la mayoría de los mandatos asumen una resistencia a obedecerlos, lo que establece la necesidad de dicho mandato. Se nos dice que evitemos la inmoralidad sexual porque esa es nuestra tendencia. No se nos dice que evitemos saltar desde edificios porque normalmente no luchamos con esa tentación. El mandamiento de pensar acerca del Cielo se encuentra bajo ataque de cien maneras diferentes todos los días. Todo milita contra él. Nuestras mentes están tan concentradas en la Tierra que no estamos acostumbrados a las cosas celestiales. Así que debemos trabajar en esto.

Tal vez usted tema llegar a estar tan “concentrado en las cosas de arriba que no sirva para las cosas de la tierra”. Quédese tranquilo, no tiene nada de qué preocuparse. Al contrario, muchos de nosotros estamos tan concentrados en las cosas terrenales que no somos buenos para las celestiales o las terrenales. C. S. Lewis observó: “Si usted lee la historia, encontrará que los cristianos que hicieron más por el mundo actual fueron los que pensaron más en el venidero. Los apóstoles que se dedicaron a la conversión del imperio romano, los grandes hombres que estructuraron la Edad Media, los evangelistas ingleses que abolieron el tráfico de esclavos, todos dejaron su marca en la Tierra, precisamente porque sus mentes estaban ocupadas con el Cielo. Es desde que los cristianos han dejado largamente de pensar en el otro mundo que han llegado a ser tan ineficientes en éste. Ponga su mira en el Cielo y recibirá la Tierra ‘por añadidura’; ponga su mira en la Tierra y no recibirá a ninguno de los dos”.[3]C. S. Lewis, Mere Christianity [El cristianismo simple] (New York: Collier Books, 1960), 118.

Necesitamos una generación de personas que tengan la mente en el Cielo, que vean a los seres humanos y a la Tierra misma no simplemente como son, sino como Dios quiere que sean.

Démosle alas a nuestra imaginación

Debemos comenzar desde la verdad revelada por Dios. Pero esa forma de razonar va a requerir que usemos nuestra imaginación realzada por las Escrituras. Como escritor de literatura no-novelesca y maestro de la Biblia, comienzo buscando lo que la Biblia dice en realidad. Como escritor de novelas, tomo esa revelación y la agrego al ingrediente vital de la imaginación. Como dijera C. S. Lewis: “Mientras que la razón es el órgano natural de la verdad, la imaginación es el órgano del significado”.[4]C. S. Lewis, “Bluspels and Flalanspheres: A Semantic Nightmare”, citado en Walter Hooper, ed., Selected Literary Essays [Ensayos literarios selectos] (Cambridge: Cambridge University Press, 1969). En las palabras de Francis Schaeffer: “El cristiano es el hombre realmente libre —está libre para tener imaginación. Esto también es nuestra herencia. El cristiano es la persona cuya imaginación debería volar más allá de las estrellas”.[5]Francis Schaeffer, Art and the Bible [El arte y la Biblia] (Downers Grove, Ill.: InterVarsity, 1973), 61.

Francis Schaeffer siempre comenzó con la verdad revelada de Dios. Pero nos exhortó a que dejemos que esa verdad le dé alas a nuestra imaginación. La imaginación no debería volar alejándose de la verdad, sino volar sobre la verdad.

Si usted es un creyente que sufre por muchos dolores y pérdidas, Jesús le dice que cobre ánimo ( Juan 16:33). Su nueva morada está casi lista para usted. El día de la mudanza se acerca. El oscuro invierno está a punto de ser transformado, en un abrir y cerrar de ojos, en primavera. Un día muy pronto usted estará en su hogar —por primera vez. Hasta entonces, lo aliento a que medite en las verdades de la Biblia acerca del Cielo. Que su imaginación vuele y su corazón se regocije.

References

References
↑1 Alister E. McGrath, A Brief History of Heaven [Una breve historia del Cielo] (Malden, Mass.: Blackwell, 2003), 5.
↑2 Gerhard Kittel y Gerhard Friedrich, eds., Geoffrey W. Bromiley, trad. y ed., Theological Dictionary of the New Testament [Diccionario teológico del Nuevo Testamento] (Grand Rapids: Eerdmans, 1964–76), 2:288.
↑3 C. S. Lewis, Mere Christianity [El cristianismo simple] (New York: Collier Books, 1960), 118.
↑4 C. S. Lewis, “Bluspels and Flalanspheres: A Semantic Nightmare”, citado en Walter Hooper, ed., Selected Literary Essays [Ensayos literarios selectos] (Cambridge: Cambridge University Press, 1969).
↑5 Francis Schaeffer, Art and the Bible [El arte y la Biblia] (Downers Grove, Ill.: InterVarsity, 1973), 61.