La vida que ahora vivimos como las personas que somos ahora
continuará en el universo en el que ahora existimos.
—Dallas Willard
Algunas veces cuando miramos al mundo con su asombrosa belleza, cuando estamos en un lugar donde los árboles, las flores y los ríos son hermosísimos, sentimos una punzada de desilusión. ¿Por qué? Porque sabemos que vamos a tener que dejar esto. Para consolarnos, o reprendernos a nosotros mismos, tal vez digamos: “Este mundo no es mi hogar”. Sin embargo, si fuéramos honestos, podríamos agregar: “Pero una parte de mí quisiera que lo fuese”.
Lo que en realidad queremos es vivir para siempre en un mundo con toda la belleza y nada de la fealdad; un mundo sin el pecado, sin la muerte, sin la maldición y sin todos los problemas personales y de relaciones que crean esas cosas.
Aquellos que enfatizan que nuestra ciudadanía está en el Cielo —y yo soy uno de ellos—, algunas veces tenemos el hábito desafortunado de minimizar nuestra conexión a la Tierra y a nuestro destino de vivir en ella y gobernarla. Terminamos pensando en la eternidad como un estado espiritual no terrenal en el que la Tierra no es sino un recuerdo distante.
Como será realmente nuestro hogar
Cuando entendemos y anticipamos la naturaleza física de la Nueva Tierra se rectifican una multitud de errores. Nos libera para amar el mundo que Dios ha hecho, sin culpa, mientras le decimos no al mundo corrompido por nuestro pecado. Nos recuerda que Dios mismo nos dio la Tierra, nos dio amor por la Tierra y se deleitará en darnos la Nueva Tierra.
Piense por un momento lo que esto significará para Adán y Eva. Cuando la Nueva Tierra baje del Cielo, el resto de todos nosotros iremos a nuestro hogar, pero Adán y Eva estarán regresando a su hogar. Solo ellos habrán vivido en tres Tierras —una sin haber caído, una caída y una redimida. Solo ellos habrán experimentado, por lo menos hasta cierto grado, el tesoro de una Tierra original magnífica que fue perdida y ahora es recuperada.
Cuando abramos los ojos por primera vez en la Nueva Tierra, ¿nos será poco familiar? ¿O la reconoceremos como nuestro hogar?
Como seres humanos anhelamos nuestro hogar, aun cuando salimos a explorar nuevas fronteras no descubiertas. Anhelamos lo familiar de antes aun cuando ansiamos la innovación de lo nuevo. Piense en todas las cosas que nos encantan que son nuevas: mudarse a una casa nueva; el olor de un automó- vil nuevo; la forma en que se siente un libro nuevo; una película nueva; una canción nueva; el placer de una nueva amistad; disfrutar una nueva mascota; regalos nuevos en Navidad; quedarse en un agradable cuarto nuevo en un hotel; llegar a una nueva escuela o un nuevo lugar de trabajo; cuando nace un hijo o cuando nace un nieto; comer comidas nuevas que satisfacen nuestros gustos. Nos encanta lo nuevo y, sin embargo, en cada caso, lo que es nuevo está ligado a algo que es familiar. En realidad no nos gustan las cosas que son completamente extrañas para nosotros. En cambio, apreciamos innovaciones y variaciones de las cosas que ya conocemos y que nos gustan. Así que cuando escuchamos que en el Cielo tendremos nuevos cuerpos y viviremos en una Nueva Tierra, así es como deberíamos entender la palabra nuevo —una versión restaurada y perfeccionada de nuestros cuerpos familiares y de nuestra Tierra familiar y de nuestras relaciones familiares.
Un malentendido común acerca del Cielo eterno es que no nos será familiar. Pero eso no podría estar más lejos de la verdad. El siguiente gráfico compara suposiciones generalizadas sobre el Cielo eterno con características sobre el Cielo basadas en la Biblia:
| LO QUE ASUMIMOS ACERCA DEL CIELO |
LO QUE DICE LA BIBLIA ACERCA DEL CIELO |
| Que no es la Tierra |
Nueva Tierra |
| Que no es familiar; solo espiritual |
Familiar; terrenal |
| Incorpóreo |
Resucitada (encarnada) |
| Extraño |
Hogar (todas las comodidades del hogar con todas las innovaciones de un Dios infinitamente creativo) |
| Que abandonaremos cosas favoritas |
Reteniendo lo bueno; lo mejor se encuentra adelante |
| Sin tiempo ni espacio |
Tiempo y espacio |
| Estático |
Dinámica |
| Ni viejo (como el Edén) ni nuevo y terrenal; solo un lugar extraño y desconocido |
Ambos lo de antes y lo nuevo |
| Nada que hacer; flotar en las nubes |
Un Dios a quien adorar y servir; un universo para gobernar; trabajo con un propósito para realizar; amigos para disfrutar |
| No habrá aprendizaje ni descubri- miento; conocimiento instantáneo y completo |
Una eternidad de aprendizaje y descubrimiento |
| Aburrido |
Fascinadora |
| Pérdida de deseo |
La satisfacción continua del desel |
| Ausencia de lo terrible (pero presencia de muy poco que deseamos) |
Presencia de lo maravilloso (todas las cosas que deseamos y ninguna de las que no deseamos) |
Lo que hemos asumido en cuanto al Cielo lo ha reducido a un lugar que esperamos solo como una alternativa a una existencia intolerable aquí en la Tierra presente. Solo los ancianos, los discapacitados, los que sufren y los perseguidos pueden desear el Cielo que imaginamos. Pero la Biblia describe la vida en la presencia de Dios, en nuestros cuerpos resucitados en un universo resucitado, como algo tan emocionante e irresistible que aun los más jóvenes y saludables entre nosotros deberíamos soñar despiertos acerca de ella.
No debe sorprendernos que Satanás no quiera que sepamos la verdad en cuanto al Cielo. Si nos enamoramos del lugar y esperamos con anticipación el futuro que Dios tiene para nosotros, nos enamoraremos más de Dios y tendremos más valor para seguirlo con mayor determinación y perspectiva.
En el instante en que pongamos nuestro pie en la Nueva Tierra, sabremos que ése es el lugar exacto al cual pertenecemos. Pero no tenemos que esperar hasta morir para saber más acerca del Cielo. Así como una novia vive diariamente pendiente de la llegada del novio que viene para llevarla a la casa que él ha construido para ella, deberíamos pensar diariamente acerca de Jesús y del Cielo. En lugar de sentirse abandonada, la novia se siente honrada porque sabe que vivirá en la casa que el novio, con amor, ha construido pensando en ella. Tal vez ella experimente algo de soledad y de dificultad, pero sabe que él no la ha olvidado y que lo que está haciendo para ella le asegurará su futura felicidad. Su felicidad presente depende de confiar en él, creer que él vendrá para llevarla al hogar, donde con gozo vivirán juntos para siempre.
La familiaridad del hogar
Cuando la Biblia nos dice que el Cielo es nuestro hogar, ¿qué significados le deberíamos atribuir a la palabra hogar?
El hogar es un lugar familiar, donde nos adaptamos perfectamente. Es el lugar para el cual hemos sido hechos. La mayoría de las casas en las que vivimos en la Tierra en realidad no fueron hechas solo para nosotros. Pero la Nueva Tierra lo será. Cuando Nanci estaba embarazada esperando a cada una de nuestras hijas, ella y yo preparamos un lugar para ellas. Decoramos el cuarto, elegimos el papel apropiado para las paredes, colocamos la cuna de cierta manera y seleccionamos las frazadas perfectas. La calidad del lugar que preparamos para nuestras hijas estuvo limitada solo por nuestras habilidades, recursos e imaginación.
En el Cielo, ¿qué clase de lugar esperamos que nuestro Señor haya preparado para nosotros? Debido a que Él no tiene limitaciones y que nos ama aún más de lo que nosotros amamos a nuestros hijos, yo creo que nosotros podemos esperar encontrar el mejor lugar que alguien jamás haya hecho para una persona en la historia del universo. El Dios que nos encarga que seamos hospitalarios no puede ser superado en su hospitalidad para nosotros.
Un buen carpintero se imagina lo que quiere construir. Hace planes y diseños. Entonces realiza su trabajo con cuidado y con destreza, dándole forma de acuerdo a sus especificaciones exactas. Siente orgullo por el trabajo que ha hecho y se deleita en mostrárselo a otras personas. Y cuando hace algo por su esposa y sus hijos, lo hace con dedicación y gozo.
Jesús es el carpintero de Nazaret y sabe construir. Él ha tenido experiencia construyendo mundos enteros (miles de millones de ellos, a través del universo). También es un experto en reparar lo que ha sido dañado, ya sean personas o mundos. Él no considera que su creación sea desechable. Esta creación dañada clama por ser reparada y su plan es repararla. Él va a remodelar la antigua Tierra en gran escala. Qué maravilloso será el planeta resucitado al que Él llama la Nueva Tierra, la que Él dice que será nuestro hogar . . . y el de Él.
Un cántico nuevo, un automóvil nuevo, una tierra nueva
Por el hecho de que Dios llama Tierra a la Nueva Tierra, nos dice enfáticamente que será terrenal y por lo tanto, familiar. De otra forma, ¿por qué llamarla Tierra?
Cuando la Biblia habla de un “cántico nuevo”, ¿nos lo imaginamos como sin palabras, silencioso o sin ritmo? Por supuesto que no. ¿Por qué? Porque entonces no sería un cántico. Si yo le prometiera un automóvil nuevo, ¿diría usted: “Si es nuevo, probablemente no tenga motor, transmisión, puertas, ruedas, aparato estereofónico o tapizado”? Si un automóvil nuevo no tuviera esas cosas, no sería un automóvil. Si compramos un automóvil nuevo, sabemos que va a ser una versión mejor del que ya tenemos, nuestro automóvil viejo. De igual manera, la Nueva Tierra será una versión mucho mejor de la Tierra antigua.
La palabra nuevo es un adjetivo que describe un nombre. El nombre es lo principal. Un automóvil nuevo es primero y principalmente un automóvil. Un cuerpo nuevo es esencialmente un cuerpo. Una Nueva Tierra es esencialmente una Tierra.
La Nueva Tierra no va a ser un lugar no terrenal, sino una Tierra real. La Tierra de la que nos habla la Biblia es la Tierra que conocemos, con polvo, agua, rocas, árboles, flores, animales, gente y una variedad de maravillas naturales. Una Tierra sin esos elementos no sería Tierra.
Al igual que nuestro cuerpo presente es el modelo o prototipo de nuestro cuerpo de resurrección, esta Tierra presente es el modelo para la Nueva Tierra.
En virtud de la encarnación de Cristo, el Cielo se hizo inmanente. La Nueva Tierra venidera será el lugar de morada de Dios, tan pura y santa como el Cielo siempre ha sido. Por lo tanto, no puede ser inapropiado pensar en el Cielo en términos terrestres, porque son las Escrituras mismas las que nos demandan que lo hagamos. Como dijera Paul Marshall: “Lo que necesitamos no es ser rescatados del mundo, ni dejar de ser humanos, ni dejar de cuidar al mundo, ni dejar de darle forma a la cultura humana. Lo que necesitamos es el poder para hacer estas cosas de acuerdo a la voluntad de Dios. Nosotros, al igual que el resto de la creación, necesitamos ser redimidos”.[1]Paul Marshall con Lela Gilbert, Heaven Is Not My Home: Learning to Live in God’s Creation [El Cielo no es mi hogar: Aprendiendo a vivir en la creación de Dios] (Nashville: Word, 1998), 32–33.
Nostálgicos en nuestro hogar
¿Recuerda un tiempo cuando estaba lejos de su hogar terrenal y lo extrañaba mucho? Tal vez fue cuando asistió a la universidad, estuvo en las fuerzas armadas, viajando extensamente en el extranjero o debió mudarse debido a un trabajo. ¿Recuerda como le dolía el corazón cuando pensaba en su hogar? Así es como nos deberíamos sentir en cuanto al Cielo. Somos refugiados que anhelamos nuestro hogar. C. S. Lewis dijo: “Si encuentro en mí un deseo que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui hecho para otro mundo”.[2]C. S. Lewis, Mere Christianity [El cristianismo simple] (New York: Collier Books, 1960), 120.
Nada es mal diagnosticado con más frecuencia que nuestra nostalgia por el Cielo. Pensamos que lo que queremos es relaciones sexuales, drogas, alcohol, un nuevo trabajo, un aumento de sueldo, obtener un doctorado, un cónyuge, un televisor de pantalla grande, un automóvil nuevo, una cabaña en un bosque, un apartamento en Hawai. Lo que en realidad queremos es a la persona para la cual fuimos hechos, Jesús, y el lugar para el cual fuimos hechos, el Cielo. Ninguna otra cosa puede satisfacernos. C. S. Lewis dijo: “La felicidad constante y la seguridad que todos deseamos, Dios la retiene de nosotros por la misma naturaleza del mundo: pero el gozo, el placer y la alegría las ha difundido amplia- mente. Nunca estamos seguros pero nos divertimos bastante y sentimos algo de éxtasis. No es difícil ver por qué. La seguridad que ansiamos nos enseñaría a concentrar nuestros corazones en este mundo y sería un obstáculo a nuestro regreso a Dios”.[3]C. S. Lewis, The Problem of Pain [El problema del dolor] (New York: Macmillan, 1962), 115.
En su exposición sobre la ortodoxia cristiana, G. K. Chesterton escribió: “El filósofo moderno me había dicho vez tras vez que yo estaba en el lugar correcto, y todavía me había sentido deprimido y aun resignado. . . . Cuando escuché que estaba en el lugar incorrecto . . . mi alma cantó de gozo como un ave en la primavera. Ahora supe . . . por qué podía sentir nostalgia en mi hogar”.[4]G. K. Chesterton, Orthodoxy [Ortodoxia] (Chicago: Thomas More Association, 1985), 99–100.
Me gusta la figura de G. K. Chesterton de sentirse nostálgico en el hogar. Podemos decir: “El Cielo será nuestro hogar eterno”, o “La Tierra será nuestro hogar eterno”, pero no deberíamos decir: “El Cielo, y no la Tierra, será nuestro hogar eterno”, porque el Cielo en el cual viviremos estará centrado en la Nueva Tierra.
Un cristiano al que una vez conocí por casualidad, me dijo que lo perturbaba el hecho de que no anhelaba el Cielo. En cambio, anhelaba una Tierra que fuera como Dios tuvo el propósito de que fuera. Él no deseaba un Cielo en un lugar afuera por allí, sino una Tierra debajo de sus pies, en la cual Dios fuera glorificado. Él se sentía culpable y falto de espiritualidad por ese deseo. En aquel entonces, mis ojos no habían sido abiertos a la promesa de la Biblia de la Nueva Tierra. Si yo pudiera hablar con ese hombre de nuevo (espero que lea este libro), le diría lo que debí haberle dicho la primera vez, que su anhelo era bíblico y correcto. De hecho, el lugar exacto que él siempre ha anhelado, una Tierra donde Dios sea completamente glorificado, es el lugar donde vivirá para siempre.
Decirle: “Este mundo no es su hogar” a una persona que está totalmente viva y alerta a las maravillas de este mundo es como tirar un balde de agua a unas brasas encendidas. Deberíamos soplar aire sobre esa llama para ayudarla a esparcirse, no buscar apagarla. De otra forma, entorpecemos el instinto que nos dio Dios de amar el hogar terrenal que Dios ha hecho para nosotros. Y reducimos “la espiritualidad” a una negación del arte, la cultura, la ciencia, los deportes, la educación y todo lo demás que es humano. Cuando hacemos esto, le damos entrada a la hipocresía, porque podemos pretender negar al mundo cuando estamos sentados en la iglesia, pero cuando entramos a nuestro automóvil, colocamos nuestra música favorita y vamos a nuestro hogar para disfrutar de un asado con los amigos, mirar un partido de béisbol, jugar al golf, andar en bicicleta, trabajar en el jardín, o sentarnos cómodamente a saborear una taza de café y leer un buen libro. Hacemos estas cosas no porque somos pecadores sino porque somos personas. Todavía seremos personas cuando muramos y vayamos al Cielo. Esta no es una realidad decepcionante —es el plan de Dios. Él nos hizo como somos, excepto la parte del pecado, que no tiene nada que ver con los amigos, con comer, los deportes, trabajar en el jardín o leer.
Nos cansamos de nosotros mismos, de otros, del pecado, del sufrimiento, del crimen y de la muerte. Pero, sin embargo, amamos la Tierra, ¿no es verdad? Me encanta la grandeza del firmamento nocturno sobre el desierto. Me encanta la intimidad de estar sentado junto a Nanci en el sofá frente a la chimenea, tapados con una frazada y el perro acurrucado a nuestro lado. Estas experiencias no son el Cielo, pero sin embargo son anticipos del Cielo. Lo que amamos de esta vida son las cosas que hacen eco con la vida para la cual fuimos hechos. Las cosas que amamos no son meramente lo mejor que esta vida tiene que ofrecer, son avances, anticipos de una vida venidera mucho mejor.
References
| ↑1 | Paul Marshall con Lela Gilbert, Heaven Is Not My Home: Learning to Live in God’s Creation [El Cielo no es mi hogar: Aprendiendo a vivir en la creación de Dios] (Nashville: Word, 1998), 32–33. |
|---|---|
| ↑2 | C. S. Lewis, Mere Christianity [El cristianismo simple] (New York: Collier Books, 1960), 120. |
| ↑3 | C. S. Lewis, The Problem of Pain [El problema del dolor] (New York: Macmillan, 1962), 115. |
| ↑4 | G. K. Chesterton, Orthodoxy [Ortodoxia] (Chicago: Thomas More Association, 1985), 99–100. |
