La gente me ha dicho: “El Cielo será perfecto, pero un ambiente sin pecado no quiere decir que no podemos pecar; Adán y Eva lo probaron. Vivieron en un lugar sin pecado y sin embargo pecaron”.
Es verdad que Satanás los tentó, pero él también originalmente era un ser perfecto que vivía en un ambiente perfecto, contemplando a Dios mismo. No solo no había pecado en el Cielo; no había pecado en el universo. Y sin embargo Satanás pecó. Por lo tanto, la perfección del Cielo, al parecer, no garantiza que no habrá futuro pecado.
Algunas personas también sostienen que ser humanos demanda una elección, y por lo tanto debemos tener la capacidad de escoger el mal en el Cielo. Si eso es verdad, entonces podríamos experimentar otra caída.
Es claro que esta es una pregunta de gran importancia.
¿Podemos saber que no pecaremos?
Cristo promete que en la Nueva Tierra “ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Apocalipsis 21:4). Puesto que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23), la promesa de que no habrá más muerte es una promesa de que no habrá más pecado. Los que nunca morirán nunca podrán pecar, puesto que los pecadores siempre mueren. El pecado produce aflicción, llanto y dolor. Si esas cosas no ocurrirán nunca más, entonces el pecado nunca más ocurrirá.
Considere la última parte de Apocalipsis 21:4: “Porque las primeras cosas han dejado de existir”. Lo que sigue a la palabra porque explica la falta de muerte, aflicción, llanto y dolor en el Cielo. Estas cosas son parte de un orden anterior que para siempre estará en nuestro pasado. El pecado que las causó ya no existirá. No debemos temer que haya una segunda caída.
Las Escrituras enfatizan que Cristo murió una vez para tratar con el pecado y que nunca más necesitará morir (Hebreos 9:26-28; 10:10; 1 Pedro 3:18). Tendremos la misma justicia de Dios. No pecaremos en el Cielo por la misma razón que no lo hace Dios: Él no puede pecar. Nuestra incapacidad eterna para pecar ha sido comprada por la sangre de Cristo.
“Porque con un solo sacrificio [sí mismo] ha hecho perfectos para siempre a los que está santificando” (Hebreos 10:14). En la cruz, validada por su resurrección, nuestro Salvador compró nuestra perfección para siempre.
“Nunca entrará en ella [la Nueva Jerusalén] nada impuro, ni los idólatras ni los farsantes, sino solo aquellos que tienen su nombre escrito en el libro de la vida, el libro del Cordero” (Apocalipsis 21:27). Este pasaje no dice: “Si alguien llega a ser impuro, idólatra o farsante, esa persona será expulsada”. Hay un contraste absoluto entre los pecadores y los justos. El hecho de que Satanás y los malvados serán arrojados para siempre al lago de fuego (Apocalipsis 20:10; 21:8) muestra una separación eterna del mal de la Nueva Tierra. El Cielo estará completamente libre del mal, sin ninguna amenaza de poder mancharse. En los dos capítulos finales de la Biblia se nos dice tres veces que los que todavía están en sus pecados no tienen acceso al Cielo, y nunca lo tendrán (Apocalipsis 21:8, 27; 22:15).
Jesús señala que el mal no tendrá cabida en el Cielo y ninguna posibilidad de afectarnos cuando dice: “El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los que pecan y hacen pecar. Los arrojarán al horno encendido… Entonces los justos brillarán en el reino de su Padre como el sol” (Mateo 13:41-43, énfasis añadido).
Hebreos 9:26 dice, con un dejo de finalidad, que Cristo se sacrificó a sí mismo para “quitar de en medio el pecado” (rv60) o “acabar con el pecado” (nvi). El pecado será una cosa del pasado.
Seremos resucitados “incorruptibles” (1 Corintios 15:52, rv60). Incorruptibles es una palabra mucho más fuerte que no corruptibles. Nuestros cuerpos resucitados, y por inferencia nuestro nuevo ser, serán inmunes a la corrupción. Puesto que la paga del pecado es muerte, si no podemos morir, entonces no podemos pecar.
“Porque el que muere queda liberado del pecado” (Romanos 6:7). Cristo no permitirá que seamos vulnerables a aquello por lo cual Él murió para librarnos. Puesto que nuestra justicia tiene sus raíces en Cristo, quien es eternamente justo, nunca podremos perder nuestra justicia.
¿Tendremos libre albedrío en el cielo?
Algunas personas creen que si tenemos libre albedrío en el Cielo, tendremos que ser libres para pecar, como lo fueron los primeros seres humanos. Pero la situación de Adán y Eva era diferente. Eran inocentes pero no habían sido justificados por Cristo. Por otro lado, nosotros hemos sido justificados por medio de la expiación de Cristo: “Porque así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19). Sugerir que podemos tener la justicia de Cristo y sin embargo pecar es decir que Cristo podría pecar. Dios nos libera completamente del pecado —incluyendo la vulnerabilidad al pecado.
Aun ahora podemos “escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, [y llegar] a tener parte en la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). En el Cielo no habrá malos deseos ni corrupción y participaremos completamente de la perfección exenta de pecado de Dios.
¿Qué significa esto en términos de la libertad humana? Algunas personas sugieren que nuestra libre elección es una condición temporal de la vida presente y no nos caracterizará en el Cielo. Pero me parece a mí que la capacidad de escoger es parte de lo que nos hace humanos. Es difícil creer que Dios estaría complacido con nuestra adoración si no tuviéramos otra elección que ofrecérsela. Una cosa es que Él nos capacite para adorar, otra es que nos obligue a adorarlo, o hacer que sea algo automático e involuntario. Cristo busca con amor a su esposa; Él no la “arregla” de modo que ella no tiene otra elección sino amarlo.
La incapacidad de pecar no viola inherentemente el libre albedrío. Mi incapacidad de ser Dios, o un ángel, o un conejo o una flor no viola mi libre albedrío. Es la realidad simple de mi naturaleza. La nueva naturaleza que será nuestra en el Cielo —la justicia de Cristo—, es una naturaleza que no puede pecar, como tampoco un diamante puede ser blando o el color azul puede ser rojo. Dios no puede pecar y, sin embargo, ningún ser tiene un libre albedrío más grande que el de Dios.
El teólogo Paul Helm dice: “La libertad del cielo, entonces, es la libertad del pecado; no es que sucede que el creyente está libre del pecado, sino que está tan constituido o reconstituido que no puede pecar. Él no quiere pecar, y no quiere querer pecar”.[1]Paul Helm, The Last Things [Las últimas cosas] (Carlisle, Pa.: Banner of Truth, 1989), 92.
¿Seremos tentados alguna vez?
¿Seremos tentados para abandonar a Cristo? No. ¿Qué nos tentaría? La inocencia es la ausencia de algo (el pecado), mientras que la justicia es la presencia de algo (la santidad de Dios). Dios nunca nos apartará de su santidad; por lo tanto no podemos pecar.
Nunca olvidaremos la fealdad del pecado. Las personas que han recibido quemaduras graves no se sienten tentadas de caminar sobre una fogata. Como hemos conocido la vida y la muerte, nosotros los que experimentaremos la vida nunca más querremos regresar a la muerte. Nunca seremos engañados para creer que Dios está reteniendo algo bueno de nosotros, o que el pecado es lo que más nos conviene.
Satanás no tendrá acceso a nosotros. Pero aun si lo tuviera, no seríamos tentados. No solo sabremos lo que es la justicia, sino también lo que es —o era— el pecado. Siempre sabremos lo que cuesta el pecado. Lo recordaremos cada vez que veamos las cicatrices en las manos del Rey Jesús. Veremos el pecado como lo ve Dios. Será despojado de sus ilusiones y carecerá de todo atractivo.
Debido a que nuestros corazones serán puros y a que veremos a las personas como verdaderamente son, todas las relaciones en el Cielo serán puras. Todos seremos fieles al amor de nuestra vida: el Rey Jesús. Nunca podríamos hacer algo que él no supiera, aun si quisiéramos hacerlo. Pero nunca lo querremos hacer.
Alguien me preguntó: “Si no tenemos pecado, ¿seremos todavía humanos?” Aunque el pecado es parte de nosotros ahora, no es esencial a nuestra calidad de humanos —de hecho, es extraño a ella. Es lo que nos distorsiona y nos impide ser lo que una vez fuimos y lo que un día seremos.
Nuestra liberación más grande en el Cielo será de nosotros mismos. Nuestro engaño, corrupción, el creer que somos justos y la autosuficiencia habrán desaparecido para siempre.
References
| ↑1 | Paul Helm, The Last Things [Las últimas cosas] (Carlisle, Pa.: Banner of Truth, 1989), 92. |
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