6. ¿Existe el ateísmo absoluto?

BILLY GRAHAM, el bien conocido predicador, cuenta que poco antes de iniciarse la segunda guerra mundial conoció a un joven marino que le dijo:

—No creo en Dios, ni en Cristo. La religión será buena para mujeres y niños, para los cobardes, débiles, timoratos y apocados; pero no para hombres valientes.

Un día los aviones japoneses llegaron a la base militar en que el marino estaba estacionado y empezaron a lanzar una lluvia de bombas que sembraron destrucción y muerte por doquier. El marino, preso de espanto, se lanzó del jeep en que iba y buscó protección tras un montón de leña. Y allí, temeroso de que una bomba le segase la existencia, clamó a Dios para que le librase de la muerte.

La noción de que existe un Ser Supremo está hondamente arraigada en la naturaleza humana. Aun el ateo que niega a Dios lleva el sello de la mano de Dios en su propia naturaleza, en la constitución de su mismo ser. El Creador nos ha dotado de un dispositivo o facultad espiritual que nos distingue de las bestias y que nos capacita para discernir entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira. El ateo niega que tal facultad forme parte de su naturaleza. Pero la facultad está ahí y no la puede arrancar de su ser. Cuando se enfrenta inesperadamente con un inminente peligro de muerte, de su subconsciencia, con el más firme realismo, brota un nombre: ¡Dios!

Conocí a un joven en La Habana, hijo único y de buena posición, que había sido arrastrado a la incredulidad por algunos de los profesores que había tenido y algunos de los libros que había leído. A pesar de su juventud, sus estudios, el amor de sus padres y la desahogada posición económica que disfrutaba, llegó a verse decepcionado, sin estímulo ni aliciente en la vida. Un día me confesó que había estado pensando en suicidarse. Tratando de hurgar en su pensamiento, le pregunté:

—¿y por qué no lo has hecho?

—Porque cada vez que me enfrento con el suicidio —me respondió— se levanta ante mi mente un signo de interrogación que me dice: “Si te quitas la vida tratando de escapar de los males que te rodean en este mundo y después te encuentras con la realidad de que todo lo que dice la Biblia es verdad, ¿qué será de ti?” Y la conciencia me responde: “Te espera el infierno”.

El que niega a Dios se niega a sí mismo y se convierte en un desdichado. Niega a Dios, pero presiente que al fin puede que tenga que encontrarse con El en la espera del juicio. No tiene paz de conciencia, ni gracia divina que endulce sus amarguras, ni esperanza de una vida eterna feliz. El ateo es engreído, ingrato y desleal. Y no cabe duda de que es digno de lástima.

EL TERROR DE LOS INCRÉDULOS

Mientras disfrutan de buena salud, los incrédulos suelen decir que no hay que temer a Dios, ni al juicio, ni a la condenación eterna, porque nuestro destino final es la muerte y con la muerte se termina todo. ¡Debieran mantener esa altivez hasta la muerte! ¡Debieran enfrentarse a la muerte sin problemas de conciencia, sin temores ni presentimientos, con la misma naturalidad con que lo hacen sus hermanos los monos, los perros y los gatos! Pero parece que no sucede así, como veremos a continuación.

David Hume, ateo inglés, logró arrastrar a su madre a la incredulidad. Pero al verla en la tormentosa agonía de la muerte, trató de consolarla.

—Madre querida —le dijo—, ten confianza.

—Sí —respondió la madre llorando—, ahora me pides que tenga confianza, después que has arrancado de mi corazón el fundamento de la esperanza: la fe. Adoniram Judson, quien a principios del siglo pasado llevó la luz del evangelio a Alemania, nació en un hogar donde se conocían las Sagradas Escrituras y aceptó el cristianismo hasta que comenzó sus estudios universitarios.

En la universidad tuvo por compañero y amigo a un joven ateo que lo arrastró a la incredulidad. Cuando su padre se enteró, apeló a argumentos de buena ley y a los sentimientos filiales en su empeño por volver a su hijo al camino de la fe. No logró su propósito. Adoniram había endurecido de tal manera su corazón que no hizo caso a las apelaciones de su progenitor.

Un día, encontrándose como el pródigo, lejos del hogar, hundido en los placeres carnales y mundanos, le sorprendió la noche en una pequeña población que contaba con un solo hotel. El hotelero le dijo que le quedaba una sola habitación vacía y que no le podía garantizar que pudiese pasar en ella una noche tranquila porque en el cuarto contiguo se encontraba un joven enfermo de gravedad.

Aquella noche resultó providencial e inolvidable para Judson. Tal como le había advertido el dueño, el enfermo que ocupaba la habitación de al lado se veía a las puertas de la muerte. Era tan intensa la agonía que le embargaba y tan grande el terror que se había apoderado de él, que pasó la mayor parte de la noche lanzando angustiosos lamentos y gemidos. Por lo que el joven Judson pudo captar a través del tabique de madera que les separaba, los lamentos del enfermo obedecían más a presentimientos y sufrimientos de orden espiritual que a padecimientos físicos. Se veía frente a la muerte, el juicio y la condenación.

Considerando el patético terror que embargaba a aquel hombre, Judson sostuvo consigo mismo el siguiente monólogo: “Me gustaría que mi amigo y compañero de la universidad estuviese aquí escuchando los angustiosos lamentos de ese enfermo. ¿Qué le diría? ¿Tendría para él palabras o enseñanzas que tuviesen la virtud de impartirle consuelo? ¿Podría convencer a este moribundo de que no existe el infierno? ¿Qué haría mi amigo sí se viese en una situación semejante?

Al fin, a altas horas de la noche cesaron los lamentos. En la mañana, cuando Judson se disponía a seguir viaje preguntó al dueño del hotel por el enfermo.

—Ha muerto —respondió el hotelero.

—¡Pobre hombre! —Exclamó Judson—. No estaba preparado para morir. Se resistía a partir de esta vida. El presentimiento de una eternidad de sufrimiento y condenación le espantaba. ¿Le conocía usted?

—Sí, era un joven universitario llamado…

Cuando Judson escuchó el nombre, palideció. ¡Se trataba de su compañero de la universidad!

Todo lo que aquel joven ateo le había enseñado a Judson se desvaneció ante el patético realismo de sus manifestaciones al enfrentarse con la muerte. El sermón del moribundo destruyó los argumentos del estudiante ateo. Judson vio en el terror de aquel moribundo una advertencia divina que disipó su incredulidad, que le convenció de que Dios existe, de que tenemos un alma inmortal y de que nos espera una eternidad que puede ser de felicidad o de agonía.

¿PREFIERES MORIR COMO ATEO O COMO CRISTIANO?

Voltaire, el escritor francés, fue el más inteligente, sagaz y sarcástico de los ateos. Se propuso destruir la religión cristiana atacándola en sus mismos fundamentos: las Sagradas Escrituras.

En uno de sus libros trató de ridiculizar la Biblia de punta a cabo. Escribió un diccionario filosófico y vaticinó que la Biblia iría pasando al olvido a medida que la humanidad se fuera familiarizando con su diccionario antirreligioso. Apelando a la sátira y a la ironía —figuras retóricas que manejó como hábil maestro— trató de ridiculizar a Dios y a cuantos creemos en El. Se burlo del cielo y de la tierra. Se rio de lo divino y de lo humano.

Pero como en esta vida todo llega a su fin, a Voltaire le llegó la hora de enfrentarse con la muerte, el juicio y la eternidad, y entonces la risa se transformó en llanto, la burla en desesperación, el desprecio en clamor, la negación en presentimiento de juicio. Al darse cuenta de que su organismo flaqueaba y que la muerte tocaba a su puerta, llamó a su médico y le dijo:

—Doctor Tronchin, le daré la mitad de lo que poseo si me prolonga la vida seis meses.

—No puedo aceptar la proposición, —dijo el médico.

—Pues me voy al infierno y usted se irá detrás de mí. A partir de aquel instante comenzó a lamentarse de que se veía desamparado por Dios y los hombres. En medio de su espantosa y prolongada agonía, tan pronto clamaba al cielo diciendo “¡Oh Cristo! ¡Oh Jesucristo!”, como prorrumpía terribles blasfemias.

Su terror, angustia y desesperación fueron tan grandes que su enfermera, Marechal de Ríchiliu, al ser llamada algún tiempo después para atender a un enfermo en trance de muerte, preguntó:

—¿Es cristiano?

—Sí. ¿Por qué lo pregunta?

—Porque fui la enfermera de Voltaire y ni por todas las riquezas de Europa quiero volver a verme en la alcoba de un ateo moribundo.

La muerte de Voltaire constituyó una advertencia divina a todos los seguidores del gran sátiro, y espero que lo sea también para ti, amigo lector.

¿Morirás como mueren los ateos o como mueren los convertidos a Jesucristo?

QUE HAY UN DIOS, LO SÉ

Sir Francis Newport nació en un hogar cristiano y fue instruido en las grandes verdades del evangelio. Pero al entrar en la adolescencia trabó amistad con jóvenes impíos que le corrompieron moral y espiritualmente. A tal extremo llegó que se burlaba de lo que sus padres le habían enseñado en materia religiosa. Al perder la fe, se entregó a una vida de disipación que le acarreó una enfermedad incurable.

Al darse cuenta de que la enfermedad lo tenía vencido, se arrojó sobre su cama. Tras profunda meditación, exclamó:

—¿De dónde procede esta terrible tempestad que se me ha desatado en el corazón? ¡Qué vengan ahora los que me apartaron de la fe en Dios y de la esperanza del evangelio! ¡Sí, que vengan ahora y expongan argumentos que calmen la agonía de mi alma! Ya no puedo negar que tengo un alma inmortal, porque veo que a medida que el cuerpo se me debilita, mi espíritu se mantiene vigoroso. Ya no puedo negar que existe un juicio de retribución, porque ese juicio ya ha empezado para mí. Ya no puedo negar que existe un infierno de condenación, porque estoy sintiendo los efectos de uno dentro de mi propio ser.

Uno de los amigos que le habían apartado de la fe trató de consolarle diciéndole que su estado de desesperación obedecía a un falso concepto de su propia mente. Pero Newport le replicó:

—Que hay un Dios, lo sé, porque siento los efectos de su justa ira y también sé que hay un infierno, pues ya he recibido una espantosa evidencia dentro de mi ser. De igual modo veo que tenemos una conciencia natural, porque siento que me redarguye de mis impiedades y que vuelca sobre mi memoria todos mis pecados.

Y agregó:

—¿Por qué Dios me habrá señalado a mí para poner de manifiesto su existencia y su justicia? Es que soy más culpable que nadie, porque he sido instruido en la verdad del evangelio, porque he provocado a Dios y he enojado a su Espíritu de gracia.

¡Oh, si siquiera tuviese la esperanza de que al cabo de mil o diez mil millones de años pudiera salir de aquel fuego que nunca se apaga! Pero no puedo abrigar tal esperanza. ¡Oh eternidad, eternidad! ¿Quién te podrá sondear?

Cuando supo que sus amigos afirmaban que había perdido la razón, demostró su lucidez mental diciendo:

—La locura no consume a un hombre en tres días como me ha consumido el tormento que experimenta mi alma. Esto me sucede por haberme juntado con ateos, por haber blasfemado el nombre de mi Creador; por haber ultrajado a mi Redentor; por haber seguido a sabiendas el camino del mal hasta que la iniquidad estuvo madura para el juicio.

Poco después de haber pronunciado estas palabras lanzó un gemido de horror indecible y expiró.

¡CUÁN DIFERENTE!

Conozco a un médico, que fue instructor de la Cátedra de Cirugía de la Universidad de La Habana, que en cierta ocasión trató a un enfermo de cáncer que sabía que se iba a morir. Un día el enfermo dijo al médico:

—Doctor, sé que la hora de la muerte está cercana para mí. Necesito que me permita ir a mi casa para resolver algunos asuntos. Después volveré para morir aquí. Estoy preparado para ese trance. Me he arrepentido de mis pecados, he aceptado a Cristo como salvador y sé que el Señor me ha perdonado y que el día que exhale mi postrero aliento en este mundo voy a la presencia de Dios en el cielo.

El enfermo fue a su casa y regresó al hospital. Y su médico, junto a su cama, dijo a un grupo de alumnos que le acompañaban:

—Daría todo lo que poseo a cambio de la paz, la fe y la esperanza que este hombre tiene.

Dime, tú que dudas, ¿morirás como mueren los ateos o como mueren los convertidos a Cristo? ¿Partirás de este mundo rumbo al cielo o al infierno? Recuerda esto: El ateísmo es una maldición del infierno. Aparta al ser humano de la verdad y de la fe, de Dios y de la felicidad. Le quita la paz, la fe y la esperanza y lo hunde en el pecado, en la desdicha y en la condenación eterna.

¡Te toca a ti escoger!

¿Qué es la ciencia sin fe?

Corcel sin freno A todo yugo ajeno,
Que al impulso del vértigo se entrega,
Y a través de intrincadas espesuras,
Desbocado y a Oscuras
Avanza sin Cesar y nunca llega.

¡Llegar! ¿Adónde?… El pensamiento humano
Su ley oculta y misteriosa infringe.
En la lumbre del sol sus alas quema,
Y no aclara el problema,
Ni penetra el enigma de la esfinge.

¡Sálvanos Cristo sálvanos, si es cierto,
Que tu poder no ha muerto!
Salva a esta sociedad desventurada,
Que bajo el peso de su orgullo mismo
Rueda al profundo abismo
Acaso más enferma que culpada.

La ciencia audaz; cuando de ti se aleja
En nuestras almas deja
El germen de recónditos dolores.
Como al tender el vuelo hacia la altura,
Deja su larva impura.
El insecto en el cáliz de las flores.

Sí en esta confusión honda y sombría
Es, Señor, todavía
Raudal de vida tu palabra santa,
Díia nuestra fe desalentada y yerta:
—¡Anímate y despierta!
Como dijiste a Lázaro: —jLevanta!

                                                                —Gaspar Núñez de Arce (español, 1834-1903)