Dentro de poco van a leer en el periódico que he muerto. No lo crean
ni por un segundo. Voy a estar más vivo que nunca antes. —D.L. Moody
La tierra se desvanece. . . . ¡El Cielo se abre ante mí!
—D.L. Moody (en su lecho de muerte)
Las ciudades antiguas mantenían listas de sus ciudadanos. Se colocaban guardias en las puertas de la ciudad para no dejar entrar a criminales y enemigos, verificando sus nombres en la lista. Este es el contexto de Apocalipsis 21:27: “Nunca entrará en ella [la ciudad] nada impuro, ni los idólatras ni los farsantes, sino sólo aquellos que tienen su nombre escrito en el Libro de la Vida del Cordero”.
Ruthanna Metzgar, una cantante profesional, relata una historia que ilustra la importancia de tener nuestros nombres escritos en el libro. Hace algunos años le pidieron que cantara en la boda de un hombre muy rico. De acuerdo a la invitación, la recepción se celebraría en los dos últimos pisos de la Torre Columbia de la ciudad de Seattle, el rascacielos más alto del noroeste de los Estados Unidos. Ella y su esposo, Roy, estaban muy entusiasmados con la idea de asistir a esa boda.
En la recepción, los camareros en trajes de gala ofrecían exquisitos aperitivos y bebidas exóticas. La novia y el novio se acercaron a una hermosa escalera de cristal y bronce que llevaba al piso más alto. Anunciaron que la fiesta de bodas iba a comenzar. La novia y el novio subieron por la escalera seguidos de los invitados.
En la parte de arriba de la escalera, un jefe de comedor con un libro encuadernado saludaba a los invitados afuera de las puertas.
“¿Me podrían decir sus nombres, por favor?”
“Soy Ruthanna Metzgar y él es mi esposo, Roy”. El hombre buscó en la letra M. “No encuentro su nombre. Por favor, ¿me lo podrían deletrear?”
Ruthanna le deletreó su nombre lentamente. Después de buscar en el libro, el jefe de comedor levantó la vista y dijo: “Lo siento, pero su nombre no está aquí”.
“Debe de haber algún error”, respondió Ruthanna. “Yo soy la cantante. ¡Yo canté en esta boda!”
El caballero respondió: “No importa quién es usted o lo que hizo. Sin su nombre en el libro usted no puede entrar al banquete”. Le hizo señas a un camarero y dijo: “Acompaña a estas personas al ascensor de servicio, por favor”.
El matrimonio siguió al camarero pasando por el costado de hermosas mesas decoradas cargadas con mariscos, salmón ahumado y magníficas esculturas hechas de hielo. En un lado del área del banquete, una orquesta se estaba preparando para tocar y los músicos estaban todos vestidos con deslumbrantes trajes de gala blancos.
El camarero guió a Ruthanna y a Roy al ascensor de servicio, les indicó que entraran y presionó el botón E para que los llevara al estacionamiento de vehículos.
Después de localizar su automóvil y de conducir varias millas en silencio, Roy extendió su mano y la colocó en el brazo de Ruthanna. “Querida, ¿qué sucedió?”
“Cuando llegó la invitación, yo estaba muy ocupada”, respondió Ruthanna. “No me preocupé por mandar la respuesta de que asistiríamos a la fiesta. Además, yo era la cantante. ¡De seguro que podría asistir a la fiesta sin enviar la nota con la respuesta!”
Ruthanna comenzó a llorar, no solo porque había perdido el banquete más lujoso al que jamás había sido invitada, sino también porque de pronto sintió un pequeño anticipo de lo que un día será para las personas que están de pie delante de Cristo y encuentran que sus nombres no están escritos en el Libro de la Vida del Cordero.[1]Ruthanna C. Metzgar, tomado de su historia “It’s Not in the Book!” [“¡No está en el libro!”] © 1998 por Ruthanna C. Metzgar. Usado con permiso. Para leer la historia completa en las … Continue reading
A través de los siglos, innumerables personas han estado demasiado ocupadas para responder a la invitación de Cristo a su banquete de bodas. Muchas asumen que el bien que han hecho —tal vez asistiendo a la iglesia, siendo bautizadas, cantando en el coro, o ayudando a alimentar a los pobres— será suficiente para ganar su entrada al Cielo. Pero la gente que no responde a la invitación de Cristo de perdonarles sus pecados son personas cuyos nombres no están escritos en el Libro de la Vida del Cordero. A los que se les niegue la entrada al banquete de bodas del Cielo no simplemente se les enviará al ascensor de servicio para que vayan al garaje de estacionamiento. Significará ser arrojados afuera, al Infierno, para siempre.
En aquel día, ninguna explicación o excusa va a tener valor. Todo lo que importará es si nuestros nombres están escritos en el libro.
¿Le ha dicho sí a la invitación de Cristo de encontrarse con Él en la fiesta de bodas y pasar la eternidad con Cristo en su casa? Si lo ha hecho, tiene razones para regocijarse —las puertas del Cielo van a ser abiertas para usted.
Si usted ha estado posponiendo su respuesta, no tomando en cuenta la invitación, o si presume que puede entrar al Cielo sin responder a la invitación de Cristo, un día lo va a lamentar profundamente.
De acuerdo al apóstol Juan, la misma persona que escribió acerca de los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra, podemos saber con seguridad si tenemos vida eterna: “Les escribo estas cosas a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna” (1 Juan 5:13, énfasis añadido). Podemos saber con seguridad que iremos al Cielo cuando muramos.
¿Tiene usted esa seguridad?
Lo que necesita saber y hacer
Pecar es estar destituidos de las normas santas de Dios. El pecado fue lo que hizo que se terminara el paraíso del Edén. Y todos nosotros, al igual que Adán y Eva, somos pecadores. Usted es pecador. Eso es lo primero que debe saber. El pecado nos engaña y nos hace pensar que lo malo es bueno y que lo bueno es malo (Proverbios 14:12).
El pecado tiene consecuencias, pero Dios ha provisto una solución para nuestro pecado: “Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:23). Jesucristo, el Hijo de Dios, nos amó tanto que se hizo hombre para librarnos de nuestros pecados ( Juan 3:16). Él vino para identificarse con nosotros en nuestra humanidad y nuestra debilidad, pero lo hizo sin ser manchado por nuestro pecado, nuestro engaño de nosotros mismos, y nuestras fallas morales (Hebreos 2:17-18; 4:15-16).
Se nos dice que “Al que no cometió pecado alguno [Cristo], por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2 Corintios 5:21). Esto significa que aunque estamos bajo la ira de Dios por nuestros pecados, Jesús murió en la cruz como nuestro representante, nuestro sustituto. Entonces, Dios derramó su ira en Cristo en lugar de derramarla en nosotros. Cristo, quien estuvo en nuestro lugar, nos impartió su justicia para así ser declarados inocentes de todos nuestros pecados y ser declarados justos, para poder entrar a la misma presencia de Dios en el Cielo y estar allí en nuestro hogar con Él.
Ningún otro profeta o figura religiosa —solamente Jesús, el Hijo de Dios— es digno de pagar el precio del pecado demandado por la santidad de Dios (Apocalipsis 5:4-5, 9-10). Solo cuando Cristo se hace cargo de nuestros pecados podemos entrar al Cielo. No podemos pagar nuestra propia entrada. “En ningún otro hay salvación [sino en Jesús], porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos” (Hechos 4:12).
Jesucristo se levantó de la tumba venciendo al pecado y conquistando la muerte (1 Corintios 15:3-4, 54-57). Cuando Cristo murió en la cruz por nosotros, dijo: “Consumado es” ( Juan 19:30, rv60). La palabra griega que se tradujo “consumado” se escribía comúnmente sobre los certificados de deuda cuando eran cancelados. Quería decir “pagado por completo”. Cristo murió para que el certificado de deuda, que consiste de todos nuestros pecados, pudiera ser marcado de una vez por todas, “pagado por completo”.
La Biblia dice: “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Cristo les ofrece a todas las personas el don del perdón, la salvación y la vida eterna: “El que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida” (Apocalipsis 22:17).
No hay ninguna obra de justicia que nosotros podamos hacer que nos obtenga un lugar en el Cielo (Tito 3:5). Venimos a Cristo con las manos vacías. No podemos tomar ningún reconocimiento por la salvación: “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte” (Efesios 2:8-9).
Debemos unirnos al cuerpo de Cristo: la iglesia
Una vez que hemos sido perdonados podemos esperar con ansias pasar la eternidad en el Cielo con Cristo y con nuestra familia espiritual (Juan 14:1-3; Apocalipsis 20:11–22:6). Para crecer en su fe, asegúrese de formar parte de una iglesia local que tiene a Cristo en el centro de su doctrina, y que cree en la Biblia y la enseña.
Una buena iglesia enseñará la verdad y proveerá amor, ayuda y apoyo. Si usted tiene más preguntas en cuanto a Jesús y al Cielo, puede encontrar las respuestas allí.
References
| ↑1 | Ruthanna C. Metzgar, tomado de su historia “It’s Not in the Book!” [“¡No está en el libro!”] © 1998 por Ruthanna C. Metzgar. Usado con permiso. Para leer la historia completa en las palabras de Ruthanna, vea el sitio Web de Eternal Perspective Ministries, http://www.epm.org/articles/metzgar.html. |
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