1. Así es el ateísmo

CIERTA JOVEN ASISTIÓ algunas semanas a nuestra iglesia y de repente dejó de asistir. Un día la encontré en la calle y le dije que la echábamos de menos. —Pues no me volverá a ver allí —me dijo. —¿Y a qué se debe esa decisión tan radical? —Pues le diré con toda franqueza: Estuve escuchando sus mensajes algunos domingos, y me parecía que todo lo que decía era digno de creerse. Pero un día me encontré con un amigo y al decirle que estaba asistiendo a la iglesia, me dijo: “¡Muchacha!, ¿cómo te vas a meter en eso? ¿No sabes que Dios es un mito, que la religión es un negocio y que los predicadores viven esquilmando al pueblo?” De veras, me abrió los ojos. —¿Y cree usted que lo que su amigo le dijo es verdad? —Sí, lo creo. —¿Y no concibe la posibilidad de que su amigo esté equivocado? —No, porque ha estudiado una carrera universitaria y ha leído mucho.

Evidentemente, aquella joven estaba predispuesta contra la verdad y la fe, e inclinada a la mentira y la incredulidad. Como ella hay muchos en el mundo. Los ateos suelen presentar sus argumentos avalados por esa mágica palabra llamada “ciencia”. Nos dicen que el ateísmo es sinónimo de ciencia, que la fe es sinónimo de ignorancia, y que la religión y la ciencia se contradicen. Para ellos, un científico no puede creer y el que cree no es científico.

Aunque ninguna de estas afirmaciones del ateísmo sea verdadera, los que están predispuestos contra la religión aceptan como verdadero todo lo que el ateísmo les ofrece con etiqueta de científico. Los que están inclinados a la incredulidad leen un libro contra Dios y las Sagradas Escrituras y acaban pensando que el autor tiene razón; que sus argumentos son verdaderos, convincentes e irrefutables.

El padre del ateísmo ha logrado situar a muchos de sus apóstoles en las cátedras de las escuelas secundarias y universidades. Es ahí donde la juventud de nuestro tiempo se enfrenta día tras día con profesores ateos y con los argumentos de la falsamente llamada ciencia. Suele ser en esa esfera donde se disipa la débil fe de algunos y por fin sucumben ante el adoctrinamiento ampuloso de los que niegan a Dios y se proclaman descendientes de las bestias.

Un médico norteamericano especialista en siquiatría escribió hace algunos años un interesante libro en el que nos dice cómo se inclinó de la fe al ateísmo y del ateísmo nuevamente a la fe. En síntesis, expone lo siguiente: Nació en un hogar donde se conocían y practicaban las Sagradas Escrituras. Sus padres eran miembros activos de una iglesia cristiana evangélica. Desde niño asistió a la iglesia con sus padres. Cuando llegó a tener pleno uso de razón y a sentir la necesidad de un salvador, aceptó a Jesucristo —al menos con el intelecto— fue bautizado y pasó a ser miembro de la iglesia. Por aquel tiempo había dos personas a quienes admiraba y en quienes tenía plena confianza: su madre y su pastor.

Al terminar los estudios secundarios, sus padres le enviaron como alumno interno a una universidad en la que tuvo como profesor de historia a un ateo apasionado. Aquel profesor enseñaba la historia desde el punto de vista de la evolución. El joven estudiante entendió bien pronto que las enseñanzas de aquel profesor chocaban abiertamente con los fundamentos de su fe religiosa.

Al principio discutió el asunto con el profesor, quien alegaba que era hombre de mentalidad científica y que estaba allí para exponer la verdad y no para engañar a los alumnos siguiendo orientaciones basadas en fábulas religiosas. El aspecto científico con que el profesor pretendía vestir todas sus enseñanzas acabó por deslumbrar y convencer al joven alumno. Y, desde entonces, vio al profesor como el dios de la ciencia. A su madre la empezó a ver como una pobre ignorante y a su pastor como un profesional de la mentira y el engaño.

Salió de la universidad graduado en medicina y en ateísmo, empezó a ejercer la siquiatría. En el ejercicio de su profesión empezó a encontrarse con fenómenos que no tenían explicación desde el punto de vista puramente material. Y esto le hizo pensar en la realidad del alma, en la espiritualidad del hombre. Ante tal realidad se formuló el siguiente razonamiento: Si el ser humano se compone de materia y espíritu —como estoy viendo— mi profesor de historia está equivocado cuando afirma que todo es materia y que no existe el espíritu, ni seres de naturaleza espiritual.

Aquel joven siquiatra continuó analizando y estudiando durante algunos años la naturaleza y las experiencias humanas. Y este interesante estudio le llevó a la siguiente conclusión: Mi madre y mi pastor están en lo cierto. Mi profesor de historia es un pobre equivocado que le pone etiqueta de “ciencia” al más grande de todos los errores: el error de negar que el hombre procede de Dios y afirmar que sus antepasados fueron bestias irracionales.

¡Abramos los ojos a la verdad y el corazón a la fe! No nos dejemos deslumbrar por los argumentos de los ateos que se visten con el manto de la ciencia para enseñar lo que no es ciencia sino teoría, hipótesis, suposición. El ateo nos dice que la ciencia ha demostrado que no existe un Dios creador, que no tenemos alma, que no existe la vida eterna, que procedemos de un renacuajo que apareció en el mundo sin tener padre ni madre. Decir que la ciencia ha demostrado la veracidad de tales afirmaciones es la mayor de todas las mentiras.

No nos dejemos engañar por la diabólica falsedad de que existe un conflicto irreconciliable entre las Sagradas Escrituras y la ciencia. El conflicto existe únicamente entre las hipótesis equivocadas de los ateos y las enseñanzas verdaderas de la Palabra de Dios. Existe una ciencia verdadera, pero no todo lo que lleva etiqueta de científico es realmente científico. Por regla general, las aseveraciones que enarbola el ateo en contra de los postulados fundamentales de la religión cristiana, ni son científicas ni verdaderas.

No es cierto que en la esfera de la fe imperen la ignorancia y el oscurantismo. El doctor Gregario Marañón, eminente científico español, ha dicho lo siguiente: “La fe también es ciencia y acaso de la más alta calidad“. Y el que quiera confirmar esto, que se lo pregunte a Wernher van Braun, humilde creyente en Dios y padre de los cohetes que impulsaron al hombre a la luna. En lo que al origen, naturaleza y destino del hombre se refiere, la verdadera ciencia está en la esfera de la fe y no en el campo del ateísmo.

Los apóstoles del ateísmo podrán confundir a los que carecen de una fe viva y bien arraigada en las enseñanzas de la Palabra de Dios. Pero el que ha pasado por una genuina experiencia de conversión o regeneración no puede ser engañado por los agentes del príncipe de las tinieblas.

 En el colmo de su poderío y altivez, Nabucodonosor tuvo la osadía de negarse a reconocer a Dios y proclamarse el ser más poderoso del universo. Pero un día Dios lo abatió y el soberbio monarca cayó en un estado de zoantropía —enfermedad mental en que la persona se cree una bestia

ATEOS POR ORGULLO

Dice la Palabra de Dios —en el Salmo 10, versículo 4— que “el malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos”. En el libro del profeta Daniel, capítulo 5, versículo 20 encontramos una referencia a Nabucodonosor, rey de Babilonia, de quien se nos dice que se negó a reconocer a Dios y se proclamó a sí mismo como el ser más poderoso del universo (Daniel 4:30). El profeta afirma que aquel hombre llegó a tal extremo porque “su corazón se ensoberbeció y su espíritu se endureció en su orgullo”. El profeta Abdías se dirige a Edom y les dice: “La soberbia de tu corazón te ha engañado”. San Pablo nos habla de hombres injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes y afirma que tales hombres aborrecen a Dios (Ro 1:30).

Los soberbios, altivos, desobedientes y malvados prefieren vivir en un mundo sin Dios. Se han endiosado a sí mismos. Saben que su conducta no armoniza con la santidad y la justicia divina. Saben que no podrán prevalecer o vivir en la presencia de Dios. Y, para engañarse a sí mismos, optan por desconocer a Dios, por negar Su existencia.

Goering, el mariscal alemán, fue un hombre de temperamento altanero. Cuando su esposa e hija le visitaron por última vez encontrándose él en capilla, le suplicaron con lágrimas que depusiese su actitud, que reconociese la existencia de Dios y que se reconciliase con El aceptando a Jesucristo como salvador. Pero Goering dijo que prefería correr el riesgo de una condenación eterna antes que reconocer la existencia de Dios y la necesidad personal de un redentor.

ATEOS POR CONVENIENCIA

Hay individuos que no tienen convicción propia. Repiten como papagayos los conceptos que otros han expresado. No están seguros de que exista un Dios ni de que no exista. Les conviene decir que no existe porque si reconociesen públicamente la existencia de Dios, automáticamente tendrían que reconocerse culpables y aceptar que un día tendrán que responder de sus hechos ante el Supremo Juez. Ante tal disyuntiva, optan por negar lo que no les conviene que exista.

Cierto cristiano, interesado en la salvación de sus semejantes, me narró la siguiente experiencia. Al intentar hablar del evangelio a un hombre, éste le respondió:

—Soy ateo. No creo en Dios.
—¿No se ha visto usted alguna vez en circunstancias que le hayan movido a clamar a Dios?
—Nunca me he visto en tales circunstancias.
—Pues prepárese para recibir una gran sorpresa. Aunque lo desconozca, usted tiene un alma. Y el día que muera va ha encontrarse con la realidad de que hay un Dios, un día de juicio, un ciclo y un infierno.
—Eso no me asusta. Yo cumplo con los mandamientos de Dios, aunque no crea en Él.
—¿Qué mandamientos cumple? —Los siguientes: Dios dice “amaos los unos a los otros” y yo amo a todas las mujeres. Dios dice “creced y multiplicaos” y yo hago todo lo posible por cumplir con este mandamiento.
—Sí, Dios dice eso. Pero también dice; “No cometerás adulterio”, y por lo que estoy viendo, usted no es ateo sino un descarado que sabe citar los mandamientos de Dios, torciéndolos en apoyo de sus desenfrenadas pasiones carnales. ¡Prepárese para el encuentro con Dios!

ES CUESTIÓN DE OPINIÓN

No hace mucho leí en una revista la siguiente anécdota. Un médico y un obispo entablaron una discusión en torno a la existencia de Dios. El obispo afirmaba y el médico negaba.
—¿Quiere una evidencia de que su posición no es sensata, ni lógica, ni científica? —dijo el obispo.
—Me gustaría tenerla —respondió el médico.
—Pues la próxima vez que vea llover, salga a la calle y mire al cielo. Cuando se volvieron a ver, el obispo preguntó al médico si había hecho la prueba. —Si, pero no vi nada. ¡Usted me ha tomado el pelo! Cuando me puse a mirar al cielo bajo la lluvia me vi como un idiota. ¡El médico había aprendido una gran lección en poco tiempo! Aunque el ateo se considera científico, Dios lo considera un insensato. Ya lo dice el Salmo 14, versículo 1: “Dice el necio en su corazón: no hay Dios“.

SU NECEDAD LO SITÚA AL NIVEL DE LAS BESTIAS

Movido por la soberbia, el ateo niega que proceda de Dios para evadir toda relación, responsabilidad y deber para con el Ser Supremo. Prefiere afirmar que su primitivo antepasado fue un renacuajo y que su linaje fue evolucionando, progresando, avanzando, saltando de una especie inferior a otra superior hasta llegar —por sus propias fuerzas— al grado de sabiduría, cultura y civilización de que hace alarde el hombre del siglo XX. Afirmar que el linaje del renacuajo saltó de una especie inferior a otra superior, hasta llegar a la especie humana o racional, puede que halague la soberbia y vanidad de los que niegan a Dios y se endiosan a sí mismos. Pero es una suposición falsa y degradante. Un día del año 1959 visitamos a un miembro de nuestra iglesia que se hallaba ingresado en un hospital. Su compañero de cuarto era un joven que dijo ser ateo. Cuando intentamos presentar evidencias de la existencia de Dios, replicó:

—No puedo dar crédito a ninguna evidencia en favor de la existencia de Dios, porque la química ha demostrado científicamente que el hombre y el perro tienen el mismo origen y se componen exactamente de los mismos elementos, setenta y siete en total.
—Entonces, confiesa que pertenece al linaje del perro, ¿no es así? —le dijimos.
—Yo pertenezco al linaje del perro, pero no soy perro.
—Si se compone de los mismos elementos que el perro y no tiene nada diferente al perro, ¿por qué quiere evadir la conclusión lógica de que es perro?
—No lo soy porque he aprendido a caminar en dos patas. He evolucionado en lo que se refiere a la forma física y he adquirido inteligencia y facultad para razonar.
—Entonces, ¡tiene algo que no tiene el perro!

Los argumentos de aquel joven eran contradictorios. Para negar a Dios afirmaba tener los mismos elementos que el perro; pero al mismo tiempo, trataba de evadir la conclusión de su argumento diciendo que lo de perro lo había dejado atrás al alcanzar una esfera superior. En otras palabras, se agarraba del perro para negar a Dios, y luego quería quedarse sin Dios y sin perro. ¡Sería interesante que los que se proclaman descendientes del perro nos explicasen cómo pudieron deshacerse del rabo y convertir las patas delanteras en manos y de dónde les vino el don de la razón! Se cuenta que en cierta ocasión la princesa Lorena invitó a su palacio de París a un grupo de destacadas personalidades, entre los que se encontraba el célebre filósofo Alembert. A los pocos minutos de iniciada la reunión, surgió entre la princesa y el filósofo el siguiente diálogo:

—Por lo que estoy viendo, soy el único en este palacio que no cree en Dios —dijo Alembert.
—No —replicó la princesa—, usted no es el único.
—y ¿quiénes son los otros?
—Mis caballos y mis perros.
—¿Me iguala a las bestias, señora?
—No, señor. Dios no dotó a las bestias del don de la razón. Nadie espera que las bestias crean en Dios. Nadie ha visto a una bestia vanagloriarse de su ateísmo. Dios, en cambio, lo creó a usted a Su imagen y semejanza, y lo dotó del don de la razón. Nadie culpa a las bestias por desconocer la existencia del Creador. Pero yo le culpo a usted, porque poseyendo los elementos intelectuales necesarios para conocer a Dios, se niega a aceptar Su existencia y a rendirle culto.