Nuestra vivacidad en todos los deberes, nuestra resistencia en la tribulación, nuestro honrar a Dios, la fuerza de nuestro amor, el agradecimiento y todas nuestras gracias, sí, la existencia misma de nuestra religión y cristianismo, dependen de que creamos, pensamientos sinceros sobre nuestro descanso [en el Cielo]. —Richard Baxter
En el libro El fin por lo cual Dios creó al mundo, Jonathan Edwards escribe: “Dios tiene la disposición de comunicarse, de difundir su propia plenitud. Su propósito fue para que su bondad rebosara su propio ser, se podría decir. Él escogió crear los cielos y la tierra para que su gloria pudiera verterse de sí mismo en abundancia. Él hizo existir una realidad física para que pudiera experimentar su gloria y reflejarla —cada átomo, cada segundo, cada parte y momento de la creación. Hizo a los seres humanos a su propia imagen para reflejar su gloria, y los colocó en un ambiente perfecto que también reflejaba su gloria”.[1]Jonathan Edwards, “The End for Which God Created the World” [“El fin para el que Dios creó al mundo”], The Works of Jonathan Edwards [Las obras de Jonathan Edwards] (Edinburgh: Banner of … Continue reading La Tierra existe por la misma razón que todo lo demás existe: para glorificar a Dios. Dios es glorificado cuando tomamos el lugar que nos corresponde, que ha sido designado en su creación, y ejercemos el dominio que Él nos entregó. Dios nombró a los seres humanos para que gobernaran la Tierra: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:26-28, rv60). La intención de Dios para los seres humanos fue que ocupáramos toda la Tierra y reináramos sobre ella. Este dominio produciría sociedades que exaltarían a Dios, en las cuales ejerceríamos la creatividad, la imaginación, el intelecto y las habilidades propias de los seres creados a imagen de Dios, manifestando sus atributos por medio de eso. Ser hechos a imagen de Dios involucra un mandato comunicativo: que a través de nuestra industria creativa como subcreadores de Dios, juntos haríamos visibles al Dios invisible, glorificándolo así ante la vista de toda la creación. La cultura abarca el comercio, las artes, las ciencias, el atletismo —cualquier cosa y todo lo que las mentes creativas facultadas por Dios pueden concebir y los cuerpos fuertes pueden implementar. En el libro El rey de la Tierra, el teólogo Erich Sauer escribe lo siguiente sobre el verbo “señorear”, o ejercer dominio, en Génesis 1:26: “Este verbo declara la vocación de la raza humana de gobernar. También llama al hombre a un crecimiento progresivo en la cultura. Lejos de ser algo en conflicto con Dios, los logros culturales son un atributo esencial de la nobleza del hombre tal como la poseía en el paraíso. Las invenciones y los descubrimientos, las ciencias y el arte, el refinamiento y el ennoblecimiento, en resumen, el avance de la mente humana, son en todo aspecto la voluntad de Dios. Son la toma de posesión de la Tierra por la raza humana real (Génesis 1:28), la ejecución de una comisión, impuesta por el Creador, realizada por siervos ennoblecidos, un servicio de gobernadores nombrados para el cargo por Dios, para la bendición de este reino terrenal”. [2]Erich Sauer, The King of the Earth [El rey de la Tierra] (Grand Rapids: Eerdmans, 1962), 80–81. Este propósito de Dios para la humanidad en la Tierra, de una cultura que se expanda y se enriquezca, nunca ha sido revocado o abandonado. Solo ha sido interrumpido y tergiversado por la caída. Pero ni Satanás ni el pecado pueden frustrar los propósitos de Dios. La obra redentora de Cristo finalmente restaurará, intensificará y expandirá el plan original de Dios. ¿Cómo, entonces, deberíamos ver nuestro mundo, deberíamos amarlo o deberíamos odiarlo? Considere la situación difícil de los ciudadanos alemanes decentes bajo el régimen nazi. ¿Amaban a su tierra natal, Alemania, o la odiaban? Ambos, simultáneamente. Odiaban el gobierno nazi, la arrogancia, la depravación, la intolerancia, la brutalidad, y la persecución. Pero sin embargo sabían que había una Alemania mejor, aunque estaba enterrada bajo la predominante marea del fascismo. Eran leales a la Alemania mejor, y podían ver señales de ella en la bella campiña, en un concierto, en los ojos de un vecino amable, en los alemanes encarcelados por oponer resistencia a los nazis, y en los ciudadanos fieles quienes calladamente intervenían para salvar a los judíos. Paradójicamente, fue su amor por Alemania lo que impulsó la oposición de ellos a la Alemania nazi. De igual forma, nuestro amor por la Tierra de Dios impulsa nuestra oposición a la Tierra caída. El mundo como era, y el mundo como será, es extraordinariamente bueno. El mundo como es ahora, habitado por seres humanos como somos ahora, está tergiversado. Pero esta es una condición temporal, con un remedio eterno: la obra redentora de Cristo.
El reino de Dios… y el nuestro
En Daniel 7 se nos da una revelación profética de cuatro reinos terrenales, comenzando con la Babilonia de Nabucodonosor, que un día será reemplazada para siempre con un quinto reino. “En esa visión nocturna, vi que alguien con aspecto humano venía entre las nubes del cielo. Se acercó al venerable Anciano y fue llevado a su presencia, y se le dio autoridad, poder y majestad. ¡Todos los pueblos, naciones y lenguas lo adoraron! ¡Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino jamás será destruido!” (Daniel 7:13-14). Debido a que los cuatro reinos paganos están en la Tierra, la inferencia es que el quinto reino —el reino eterno de Dios— también será en la Tierra. La sucesión continua de gobernantes impíos de la Tierra debería hacernos anhelar el día cuando nuestro justo Dios gobernará, no solo en el Cielo sino también en la Tierra. Lo que está en riesgo es si la voluntad de Dios va a ser hecha en la Tierra. La respuesta es que será hecha en la Tierra, para toda la eternidad, bajo el reino de Cristo y la humanidad redimida, sus reyes siervos. Dios nunca ha abandonado su plan original de que hombres justos habiten en la Tierra y la gobiernen. Ése no es simplemente un argumento que se ha sacado del silencio. Daniel 7:18 revela explícitamente que “los santos del Altísimo recibirán el reino, y será suyo para siempre”. ¿Cuál es el reino? La Tierra. La Tierra es única, singular. Es el único planeta —tal vez entre miles de millones— donde Dios escogió desarrollar el drama de la redención y revelar las maravillas de su gracia. Es en la Nueva Tierra, la capital planetaria del universo, donde Él establecerá un reino eterno. Daniel 7:21-22 dice que un gobernante terrenal “libró una guerra contra los santos y los venció. Entonces vino el Anciano y emitió juicio en favor de los santos del Altísimo. En ese momento los santos recibieron el reino” (énfasis añadido). Los mismos reinos terrenales gobernados por seres humanos impíos finalmente serán gobernados por seres humanos piadosos. La promesa de Cristo no fue figurada. Los humildes realmente heredarán la Tierra (Mateo 5:5). Y van a gobernar lo que heredan.
La transferencia del reino
Daniel 7:25 nos dice que a los santos se les entregarán los reinos de la Tierra, los cuales los perseguirán por un tiempo. Pero ocurrirá la sorprendente revocación. “Entonces se dará a los santos, que son el pueblo del Altísimo, la majestad y el poder y la grandeza de los reinos. Su reino será un reino eterno, y lo adorarán y obedecerán todos los gobernantes de la tierra” (v. 27). El reino será de Dios, sin embargo Él nombrará a sus santos como gobernantes bajo Él y ellos “lo adorarán y obedecerán”. ¿Cuál es la “grandeza de los reinos” que “se dará a los santos”? Yo creo que incluye todo lo que hace que las naciones sean grandes. Eso incluiría, entre otras cosas, sus logros culturales, artísticos, atléticos, científicos e intelectuales. Todos estos no serán destruidos sino que les serán dados “a los santos” cuando gobiernen el reino eterno de Dios en la Nueva Tierra. Nosotros seremos los mayordomos, los administradores de la riqueza y los logros del mundo. Considere las maravillas de esta revelación. Los hijos de Dios que sufrieron bajo reyes terrenales impíos tomarán su lugar como reyes terrenales para siempre. Los grandes logros culturales de naciones impías se les darán a los hijos de Dios para que los administren y (pienso yo) los desarrollen y expandan. La misma Tierra que una vez Satanás se apropió, le será quitada de las manos y será dada a los que él odia y busca destruir —a los santos de Dios. Fíjese que no dice que los reinos de la Tierra van a ser destruidos, sino que se darán “a los santos”, se colocarán bajo el gobierno justo de ellos. Todos los males que los tiranos han hecho en el mundo serán cosas del pasado. No habrá más persecución ni injusticias. La Tierra, que en primer lugar fue puesta bajo el dominio de la humanidad y fue arruinada por la caída, será redimida, restaurada y puesta bajo el gobierno de una humanidad redimida y restaurada. Si la Biblia no hiciera ninguna otra referencia a que los creyentes van a gobernar un reino terrenal, el enfático mensaje de Daniel 7 debería ser suficiente: los santos de Dios gobernarán la Tierra para siempre. Mucha gente cree que si Dios gobierna el universo no hay lugar para otros gobernantes. Pero eso no puede ser verdad, porque se nos dice que “lo adorarán y obedecerán todos los gobernantes de la tierra” (v. 27). Como hemos visto en Isaías 60 y Apocalipsis 21, todavía habrá naciones en la Nueva Tierra, y esas naciones todavía tendrán gobernantes. Pero serán gobernantes justos, subordinados a Cristo. Personas de todo grupo nacional y étnico (“de toda raza, lengua, pueblo y nación”) adorarán al Cordero (Apocalipsis 5:9). Algunos gobernarán ciudades, otros gobernarán naciones. Pascal escribió que el hombre soporta “las desdichas de un monarca destronado”. Al rebelarse contra el Rey de reyes, la humanidad abdicó el dominio sobre la Tierra. Pero Cristo nos restaurará al trono que Adán y Eva ocuparon tan brevemente. Él nos entregará el reino. Él les dijo a sus discípulos: “No tengan miedo, mi rebaño pequeño, porque es la buena voluntad del Padre darles el reino” (Lucas 12:32).
El servicio como recompensa
A los que salgan de la gran tribulación se les recompensará especialmente dándoles un lugar “delante del trono de Dios”, donde día y noche le servirán “en su templo” (Apocalipsis 7:14-15). Fíjese que el Maestro recompensa a sus siervos fieles no quitándoles responsabilidades, sino dándoles responsabilidades mayores. El servicio es una recompensa, no un castigo. Esta idea les resulta extraña a las personas que no les gusta su trabajo y solo lo soportan hasta que se jubilan. Pensamos que el trabajo fiel debería ser recompensando con una vacación para el resto de la vida. Pero Dios nos ofrece algo muy diferente: más trabajo, más responsabilidades, mayores oportunidades junto con mayores habilidades, recursos, sabiduría y autoridad. Tendremos mentes agudas, cuerpos fuertes, propósito claro y gozo sin fin. Cuanto más sirvamos a Cristo ahora, tanto más grande será nuestra capacidad de servirlo en el Cielo. Reinar sobre ciudades por cierto que no caerá en la categoría de: “No tengo nada que hacer”. Yo creo que aquellos que reinen sobre ciudades en la Nueva Tierra tendrán tiempo libre (de descanso) y que lo disfrutarán a plenitud, pero tendrán mucho que hacer. Dallas Willard sugiere: “Tal vez sería un buen ejercicio para cada uno de nosotros formularnos esta pregunta: ¿Cuántas ciudades realmente podría ahora gobernar bajo Dios? Si por ejemplo Baltimore o Liverpool me fueran dadas para gobernar, con poder para hacer lo que yo quisiera, ¿cómo resultarían las cosas? Una respuesta honesta a esta pregunta podría hacer mucho para prepararnos para nuestro futuro eterno en este universo”.[3]Dallas Willard, The Divine Conspiracy: Rediscovering Our Hidden Life in God [La conspiración divina: Redescubriendo nuestra vida oculta en Dios] (San Francisco: HarperSanFrancisco, 1998), 398. ¿Se les dará la oportunidad a todos para reinar en el nuevo universo? El apóstol Pablo dice que las recompensas eternas están disponibles “no solo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado su venida” (2 Timoteo 4:8). La palabra todos es alentadora. “El Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho, sea esclavo o sea libre” (Efesios 6:8). La expresión cada uno también es alentadora. No serán solo unos pocos seleccionados los que van a ser recompensados. ¿Debería emocionarnos que Dios nos recompensará haciéndonos goberna- dores en su reino? Por supuesto que sí. Jesús dijo: “Alégrense y llénense de júbilo, porque les espera una gran recompensa en el cielo” (Mateo 5:12). Dios elegirá a los que gobiernen como reyes y yo creo que nos esperan grandes sorpresas. Cristo nos da claves en las Escrituras en cuanto a la clase de persona que escogerá: “Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece… Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia… Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece” (Mateo 5:3, 5,10); “Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo” (1 Pedro 5:5-6). Mire a su alrededor para ver a los humildes. Pueden incluir a los que barren las calles, a los que ayudan a los cerrajeros, a los conductores de autobuses, o a la mamás que no trabajaban fuera del hogar y que pasan sus días cambiando pañales, lavando la ropa, preparando almuerzos, secando lágrimas y llevando niños al colegio para Dios. Una vez le regalé uno de mis libros a un encantador portero de un hotel. Descubrí que era un cristiano comprometido. Me dijo que había estado orando por nuestro grupo, que había estado celebrando una conferencia en ese hotel. Más tarde le hice un pequeño regalo, le di una cruz de madera rústica. Él pareció sorprendido, sobrecogido. Con lágrimas en los ojos me dijo: “Usted no necesitaba hacer eso. Soy solamente un portero”. En el instante en que lo dijo me di cuenta de que este hermano había pasado toda su vida sirviendo. Es probable que en el reino de Dios nosotros tengamos el privilegio de servir bajo alguien como ese hombre. Él fue “solamente un portero” que habló con cordialidad y amor, que sirvió, que oró calladamente sin ser notado, por el éxito de una conferencia en su hotel. Vi a Jesús en ese portero y no había nada de “solamente” en cuanto a él. ¿Quiénes serán los reyes en la Nueva Tierra? Yo creo que ese portero va a ser uno de ellos. Y yo me sentiré muy honrado de llevar sus maletas.
References
| ↑1 | Jonathan Edwards, “The End for Which God Created the World” [“El fin para el que Dios creó al mundo”], The Works of Jonathan Edwards [Las obras de Jonathan Edwards] (Edinburgh: Banner of Truth, 1974), 2:210. |
|---|---|
| ↑2 | Erich Sauer, The King of the Earth [El rey de la Tierra] (Grand Rapids: Eerdmans, 1962), 80–81. |
| ↑3 | Dallas Willard, The Divine Conspiracy: Rediscovering Our Hidden Life in God [La conspiración divina: Redescubriendo nuestra vida oculta en Dios] (San Francisco: HarperSanFrancisco, 1998), 398. |
