¿Puede escuchar los suspiros en el viento?
¿Puede sentir el profundo silencio en las montañas?
¿Se percata del inquieto anhelo en el mar?
¿Lo puede ver en los apenados ojos de un animal?
Algo está por venir… algo mejor.
—Joni Eareckson Tada
Cuando el padre de H. S. Laird, un hombre que amaba a Cristo, se estaba muriendo, su hijo se sentó al lado de su cama y le preguntó: “Papá, ¿cómo te sientes?”
Su padre respondió: “Hijo, me siento como un niño pequeño en Nochebuena”.[1]Jack MacArthur, Exploring in the Next World [Explorando en el mundo siguiente] (Minneapolis: Dimension Books, 1967), 16.
Se acerca la Navidad. Vivimos nuestras vidas entre la primera Navidad y la segunda. Caminamos en territorio disputado, entre el Edén y la Nueva Tierra, no muy lejos de ninguno de los dos. La contienda muy pronto será arreglada. Cristo reinará para siempre sobre el universo. Y nosotros reinaremos con Él.
El capítulo primero de la gran historia
En el último libro de la serie “Las crónicas de Narnia”, La última batalla, C. S. Lewis pinta un cuadro hermoso del Cielo eterno. En la primera parte del libro, Jill y Eustaquio viajan en tren, cuando de pronto son lanzados a Narnia. Cuando termina su aventura, los niños —habiendo experimentado los gozos y las maravillas de Narnia y la presencia de Aslan, el gran león— tienen miedo de ser enviados de nuevo a la Tierra.
Luego, en una sección titulada “Adiós a las Tierras Irreales”, Aslan les da buenas noticias a los niños. “Hubo realmente un accidente de trenes”, expresó Aslan suavemente. “Tu padre y tu madre y todos ustedes están… como solían decirlo en las Tierras Irreales… muertos. Las clases han terminado: han comenzado las vacaciones. El sueño ha concluido: Esta es la mañana”.
Entonces Lewis concluye la historia con uno de mis párrafos favoritos de toda la literatura:
Y en tanto Él hablaba ya no les parecía un león; mas las cosas que comenzaron a suceder de ahí en adelante fueron tan grandiosas y bellas que no puedo describirlas. Y para nosotros este es el final de todas las historias, y podemos decir con toda verdad que ellos vivieron felices para siempre. Pero para ellos era solo el comienzo de la historia real. Toda su vida en este mundo y todas sus aventuras en Narnia habían sido nada más que la tapa y el título: ahora, por fin, estaban comenzando el Capítulo Primero de la Gran Historia, que nadie en la tierra ha leído; que nunca se acaba; en la que cada capítulo es mejor que el anterior. [2]C. S. Lewis, The Last Battle [La última batalla] (New York: HarperTrophy, 1994), 228.
Al final de La última batalla, cuando Lewis se refiere al fin típico de un cuento de hadas —“vivieron felices para siempre”— algunos lectores pueden estar tentados a responder: “Pero los cuentos de hadas no son verdad”. Sin embargo, la Biblia no es un cuento de hadas —es completamente realista, abrumadora en su descripción del pecado y el sufrimiento, para nada fantasiosa. En ninguna parte de las Escrituras vemos sueños sentimentales. Lo que vemos es la devastadora separación de Dios por parte del hombre; la muerte de muchos corderos sacrificiales; la dura, agónica obra redentora de Cristo; la naturaleza tangible de su resurrección; y la promesa del juicio venidero. Por último vemos la restauración del universo ideal de Dios, cumpliendo su plan de las edades, culminando en personas resucitadas que viven con Él en una Tierra resucitada. Entonces, y solo entonces, viviremos “felices para siempre”.
Pero por cierto que viviremos felices para siempre.
Por la gracia de Dios, yo sé que lo que me espera en su presencia, para toda la eternidad, es algo tan magnífico que me quita el aliento aun ahora. Job lo dijo muy concisamente: “Veré a Dios con mis propios ojos. Yo mismo… y no otro” ( Job 19:26-27). La perspectiva de ver a Dios eclipsó todos los sufrimientos de Job. Seguramente que también puede eclipsar los de usted y los míos. Nuestro barco de la felicidad tal vez no venga hoy —pero por cierto que vendrá. Entre tanto, apropiarnos de la felicidad que Cristo compró y pagó por ella, nos trae gozo hoy.
¿Qué puede hacernos la muerte?
“Morir es una aventura tremendamente grande”, dice Peter Pan, el niño que no quiere crecer.[3]Sir James M. Barrie, Peter Pan, en Peter Pan, and Other Plays [Peter Pan, y otros dramas] (New York: AMS Press, 1975), 94. Pero será una aventura grande y maravillosa solamente para aquellos que están cubiertos por la sangre de Cristo. Los que mueren sin Cristo experimentarán una tragedia horrorosa.
Por supuesto que morir no es la aventura verdadera. La muerte es simplemente la puerta de entrada a la vida eterna. La aventura es lo que viene después de la muerte —estar en la presencia de Cristo. Justo antes de que los nazis lo colgaran de una horca, Dietrich Bonhoeffer oró en voz alta: “Oh, Dios, este es el fin; pero para mí es solo el comienzo”. Su confianza en las promesas de Dios fue lo que lo sostuvo cuando enfrentó la muerte.
No deberíamos idealizar o glorificar la muerte —Jesús no lo hizo. Él lloró por la muerte ( Juan 11:35). Por cada bella historia de personas que pasan en paz a la eternidad, hay otras historias de personas confundidas y acabadas que se marchitan mental y físicamente, dejando atrás seres amados extenuados, confundidos y desconsolados. A menudo he visto a la muerte de cerca. A menos que Cristo regrese en nuestra vida, es seguro que mi propia muerte —y la muerte de todo los que amo— me espera.
La muerte es dolorosa, es un enemigo. Pero para los que conocen a Jesús, la muerte es el dolor final y el último enemigo. “Porque es necesario que Cristo reine hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies. El último enemigo que será destruido es la muerte” (1 Corintios 15:25-26).
Se predice la destrucción de la muerte en la antigua profecía: “Sobre este monte [Dios] rasgará el velo que cubre a todos los pueblos, el manto que envuelve a todas las naciones. Devorará a la muerte para siempre; el Señor omnipotente enjugará las lágrimas de todo rostro” (Isaías 25:7-8).
El apóstol Pablo hace eco a las palabras de Isaías cuando dice: “Cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?”» (1 Corintios 15:54-55).
¿Anhela vehementemente la perspectiva de Dios en la muerte que le espera? Lea los tres párrafos previos. Apréndalos de memoria. Pregúntese: “¿Qué es lo peor que me puede hacer la muerte?” Considere Romanos 8:35, 38-39: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo?… Ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo porvenir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor”.
No solo la muerte no nos separará de Cristo —sino que en realidad nos hará pasar a su presencia. Luego, en la resurrección final, Cristo demostrará su omnipotencia destruyendo la muerte, haciendo vivo para siempre lo que parecía estar enterrado para siempre.
Si usted cree esto, no se aferrará a esta vida con desesperación. Usted abrirá los brazos en anticipación de la vida mejor venidera. ¡Qué mundo será! Yo me siento sobrecogido al solo pensar en él. ¡Qué Dios tan grande disfrutaremos y serviremos para siempre! ¡Qué tiempo maravilloso disfrutaremos juntos allí! Yo espero con ansias ver a cada lector que conoce a Jesús, encontrándome con la mayoría por primera vez, y reuniéndome con aquellos que he conocido en la Tierra presente. Casi no puedo esperar para disfrutar de las grandes aventuras que tendremos con Cristo y los unos con los otros.
No deje que pase ni un día sin anticipar el mundo que Cristo está preparando para nosotros.
Una palabra para los deprimidos
El hecho de que el Cielo será maravilloso no debe tentarnos a tomar atajos para llegar allí. Si usted está deprimido, tal vez piense que la vida no tiene propósito —pero no podría estar más equivocado.
Mientras que Dios lo mantenga a usted aquí en la Tierra, es exactamente donde lo quiere. Él sabe precisamente lo que está haciendo. A través de su sufrimiento, dificultad y depresión, Él está ampliando su capacidad para gozo eterno. Nuestras vidas en la Tierra son un campo de entrenamiento para prepararnos para el Cielo.
Yo sé que la depresión puede ser debilitante. Muchas personas buenas la han experimentado. Pero si usted está considerando quitarse la vida, considere esto como una tentación del diablo. Jesús dijo que Satanás es un mentiroso y un asesino ( Juan 8:44). Él dice mentiras porque quiere destruirlo (1 Pedro 5:8). No escuche al mentiroso. Escuche a Jesús, el que dice la verdad ( Juan 8:32; 14:6). No le dé un final terrible a la historia de su vida —termine el curso que Dios le ha dado. Cuando Él haya terminado —no antes— lo llevará a su hogar en su propio tiempo y manera. Dios tiene un propósito para usted aquí en la Tierra. No abandone su lugar. (Y por supuesto vaya a una iglesia que cree en la Biblia, que tiene a Cristo como su centro, y consiga ayuda para encontrar un buen consejero cristiano.)
Si usted no conoce a Jesús, confiese sus pecados y acepte la muerte y resurrección de Jesús en su lugar. Si usted lo conoce, tome sus decisiones diarias a la luz de su destino. Pregúntese qué puede hacer hoy, la semana próxima, el año próximo o décadas de ahora para escribir el mejor final a este volumen de la historia de su vida —una historia que continuará gloriosamente en el nuevo universo.
Por la gracia de Dios, use el tiempo que le queda en la Tierra presente para guardar tesoros para usted en la Nueva Tierra, para rendirlos a los pies de Cristo para su gloria (Apocalipsis 4:10). Entonces espere con ansias encontrarse con Jesús mismo en el Cielo, como también con aquellas personas cambiadas por sus elecciones que exaltan a Cristo.
El conocimiento de que este mundo presente terminará y será resucitado en Nuevos Cielos y una Nueva Tierra debería afectar profundamente nuestro comportamiento diario. “Deberían vivir ustedes como Dios manda, siguiendo una conducta intachable y esperando ansiosamente la venida del día de Dios… según su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia. Por eso, queridos hermanos, mientras esperan estos acontecimientos, esfuércense para que Dios los halle sin mancha y sin defecto, y en paz con él” (2 Pedro 3:11-14).
Si entendemos lo que quiere decir “un cielo nuevo y una tierra nueva”, los esperaremos con ansias. (Y si no los estamos esperando con ansias, todavía no los entendemos.) La anticipación de nuestro regreso al hogar nos motivará para vivir vidas sin pecado aquí y ahora. Reconocer nuestra vida futura en una Tierra resucitada puede ayudar a darnos fuerzas para quedarnos en un matrimonio difícil, perseverar en la difícil tarea de cuidar a un padre o un hijo enfermo, o a quedarnos en un trabajo exigente. Moisés permaneció fiel a Dios “porque tenía la mirada puesta en la recompensa” (Hebreos 11:26).
Una vida piadosa centrada en Cristo hoy en día está directamente afectada por el conocimiento de adónde vamos y qué recompensas recibiremos por servir a Cristo. Después de todo, si en realidad creemos que vamos a vivir para siempre en un reino en el cual Cristo es el centro que nos trae gozo, y que esa vida justa significará felicidad para todos, ¿por qué no escogeríamos tener una ventaja anticipada en el Cielo por medio de una vida piadosa centrada en Cristo ahora?
Una vida que nos prepara
“Todo el que tiene esta esperanza en Cristo, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3). Si la fecha de mi casamiento está anotada en el calendario, y yo estoy pensando en la persona con quien me voy a casar, no debería ser un blanco fácil para la seducción. De igual manera, cuando he meditado en el Cielo, el pecado es muy poco atractivo. Es cuando mi mente se desvía del Cielo que el pecado parece atractivo. El pensar en el Cielo lleva inevitablemente a buscar la santidad. Nuestra elevada tolerancia del pecado testifica de nuestra falla de prepararnos para el Cielo.
El Cielo debería afectar nuestras actividades y ambiciones, nuestras recreaciones y amistades, y la forma en que gastamos el dinero y pasamos el tiempo. Si creo que pasaré la eternidad en un mundo de belleza y aventura sin fin, ¿me conformaré con pasar todas mis tardes mirando juegos, comedias o deportes en la televisión? Aun si evito que mis ojos vean impurezas, ¿cuánto tiempo querré invertir en lo que no tiene importancia?
Seguir a Cristo no es un llamado a abstenerse de la gratificación sino a postergar la gratificación. Es encontrar nuestro gozo en Cristo más bien que buscar gozo en las cosas de este mundo. El Cielo —nuestra seguridad de gratificación eterna y de realización— debería ser nuestra estrella polar, recordándonos dónde estamos y en qué dirección vamos.
Cuando nos damos cuenta de los placeres que nos esperan en la presencia de Dios, podemos renunciar a los placeres menores ahora. Cuando nos damos cuenta de las posesiones que nos esperan en el Cielo, daremos con alegría posesiones en la Tierra para guardar tesoros en el Cielo. Cuando nos damos cuenta del poder que se nos ofrece como gobernadores en el reino de Dios, un poder que ahora no podríamos manejar, pero que manejaremos con humildad y benevolencia entonces, podemos renunciar a la búsqueda de poder aquí.
Ser orientado hacia el Cielo es ser orientado hacia las metas en el mejor sentido de la expresión. Pablo dice: “Una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está adelante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13-14).
Pensar en el Cielo nos motivará para vivir cada día en profundo agradecimiento a Dios: “Así que nosotros, que estamos recibiendo un reino inconmovible, seamos agradecidos. Inspirados por esta gratitud, adoremos a Dios como a él le agrada, con temor reverente” (Hebreos 12:28).
En su libro Perelandra, el protagonista de C. S. Lewis dice de su amigo Ransom, quien ha vuelto recientemente de otro planeta: “Un hombre que ha estado en otro mundo no regresa sin cambiar”.[4]C. S. Lewis, Perelandra (New York: Simon & Schuster, 1996), 10. Un hombre que se mantiene pensando en otro mundo —el Cielo donde está Cristo y la Tierra resucitada donde viviremos con Él para siempre— tampoco permanece sin cambiar. Se convierte en una persona nueva. Ya no se llenará el estómago con sobras rancias y migajas que han caído en el suelo sucio de la cocina. Huele el banquete que está siendo preparado para él. No va a arruinar su apetito. Sabe por qué se le hace agua la boca.
Todas las cosas hechas nuevas
Nanci y yo hemos pasado momentos maravillosos con nuestra familia y amigos —en la Navidad o en vacaciones, o en simples momentos en la sala de estar después de la cena— y hemos dicho esas palabras encantadoras: “No hay nada mejor que esto”.
No importa lo difícil que haya sido su vida, usted ha dicho eso de algún momento magnífico, ¿no es verdad? Tal vez fue recientemente. Tal vez fue hace mucho tiempo. Tal vez apenas lo recuerda. “No hay nada mejor que esto”. ¿Puede pensar siquiera una vez en su vida, aun por un momento fugaz, que eso pareció ser cierto?
Bueno, no es cierto.
El momento más común en la Nueva Tierra será mejor que el momento más perfecto en esta vida —esas experiencias que usted hubiera querido guardar o que no terminaran, pero que no pudo. Puede ser mejor, mucho mejor, que esto —y lo será. La vida en la Nueva Tierra será como sentarse ante el fuego de la chimenea con la familia y los amigos, disfrutando del calor, riéndose a carcajadas, soñando con las aventuras venideras —y luego saliendo y viviendo esas aventuras juntos. Sin temor de que la vida jamás termine, sin temor de que la tragedia descienda como una nube negra, sin temor de que los sueños sean destrozados o las relaciones rotas.
Si las ideas presentadas en este libro fueron simplemente el producto de mi imaginación, no tendrían sentido. Pero he aquí lo que registró el apóstol Juan casi al final de la Biblia:
Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva… Oí una potente voz que provenía del trono y decía: «¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir.» El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!» Y añadió: «Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza.» (Apocalipsis 21:1, 3-5)
Éstas son las palabras de Jesucristo. Cuente con ellas. Téngales absoluta confianza. Viva cada día a la luz de ellas. Haga cada elección a la luz de la promesa segura de Cristo.
Fuimos hechos para una persona y para un lugar. La persona es Jesús. El lugar es el Cielo.
Si usted conoce a Jesús, yo estaré con usted en ese mundo resucitado. Con el Señor que amamos y con amigos que queremos, juntos nos lanzaremos a la aventura por excelencia, en un nuevo universo espectacular que espera que lo exploremos y lo dominemos. Jesús será el centro de todas las cosas, y el aire que respiremos será el gozo.
Y justo cuando pensemos que “no hay nada mejor que esto” —descubriremos que lo hay.
References
| ↑1 | Jack MacArthur, Exploring in the Next World [Explorando en el mundo siguiente] (Minneapolis: Dimension Books, 1967), 16. |
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| ↑2 | C. S. Lewis, The Last Battle [La última batalla] (New York: HarperTrophy, 1994), 228. |
| ↑3 | Sir James M. Barrie, Peter Pan, en Peter Pan, and Other Plays [Peter Pan, y otros dramas] (New York: AMS Press, 1975), 94. |
| ↑4 | C. S. Lewis, Perelandra (New York: Simon & Schuster, 1996), 10. |
